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jueves, 30 de abril de 2015

Cuarenta años de la caída de Saigón

Con la toma de la capital de Vietnam del Sur, se cerró un conflicto de tres décadas


Por Guillero Altares
El País

Michael Herr, el reportero estadounidense que revolucionó el periodismo de guerra con sus despachos desde Vietnam, escribió: "Hace mucho que allí no había un país, solo una guerra". La caída de Saigón, el 30 de abril de 1975, representó el final de un prolongado conflicto –tres décadas– que costó millones de muertos y causó gigantescos daños en un país sobre el que cayeron cuatro millones de toneladas de bombas y 75 millones de litros de un herbicida, el agente naranja, que causó todo tipo de enfermedades y deformaciones (las secuelas siguen afectando a miles de niños). La guerra empezó al final de la colonización francesa en 1946, con la división entre Vietnam del Sur y del Vietnam del Norte, y acabó hace 40 años, cuando el Vietcong -la guerrilla comunista del Vietnam del Norte- tomó Saigón.

Pese a los acuerdos de París de 1973, el conflicto continuó hasta la primavera de 1975, cuando las tropas del Vietcong tomaron Vietnam del Sur. La caída de Saigón, que se convirtió en Ho Chi Minh City, será recordaba siempre por la caótica evacuación de las embajadas con helicópteros. La ciudad está ya muy tocada por la guerra. Así la describe Herr en Despachos de guerra durante la ofensiva del Tet, en 1968: “Una ciudad desolada cuyas largas avenidas contenían únicamente deshechos, papeles arrastrados por el viento, montoncitos diferenciados de excremento humano y flores muertas y los armazones de los fuegos artificiales ya quemados del Nuevo Año Lunar”.

Otro periodista que cubrió el conflicto, el gran reportero Manu Leguineche, escribió: “Al cruzar por las calles de Saigón se me agolpaban en la cabeza los recuerdos de una década que ahora tocaba a su fin en medio de un vergonzoso repliegue de las fuerzas sudistas. Saigón había sido para mí la Disneylandia de los 20 años”. El gran reportero español, fallecido en 2014, describe una ciudad surrealista, con un viejo cartel en francés en su hotel en el que se ruega silencio a la hora de la siesta y un restaurante vasco Aterbea, con camareros vestidos de pelotaris. Hoy, la ciudad rebosa energía, negocios, afán de crecimiento económico.

La guerra de Indochina entre Francia y la entonces guerrilla nacionalista del Vietminh terminó en 1954, con el desastre francés en la batalla de Dien Bien Phu. Casi de manera inmediata comenzó primero un conflicto civil, que luego se convirtió, con la paulatina entrada de los estadounidenses, en la guerra de Vietnam. “Era imposible encontrar dos personas que estuvieran de acuerdo en cuándo empezó”, escribe Michael Herr. Cuando, en julio de 1964, se produjo el incidente del golfo de Tonkim —un supuesto ataque del Vietcong contra la patrulla estadounidense Maddox—, la presencia de EE UU ya era muy fuerte.

Oficialmente, como relata Leguineche en su libro La guerra de todos nosotros, la primera baja mortal norteamericana se produjo el 22 de diciembre de 1961, a 40 kilómetros de la capital. Se llamaba James Thomas Davis y tenía 28 años. Cuando cayó Saigón, EE UU había perdido 58.000 soldados –la mayoría de reemplazo, pues entonces existía el servicio militar– y 303.704 heridos. Millones de civiles habían muerto.

El conflicto de Vietnam fue la primera guerra televisada, durante la que el conflicto entró en el cuarto de estar de los estadounidenses. También está asociada a una serie de imágenes que forman parte de la historia del siglo XX: la instantánea de Eddie Adams, de AP, en la que el jefe de la policía de Saigón, el general Loan, dispara en la cabeza a un guerrillero del Vietcong durante la ofensiva del Tet y la fotografía de Nick Ut de Kim Phuc, la niña que corría desnuda, con sus ropas devoradas por las llamas del Napalm, en la carretera número 1, cerca de Trang Bang, el 8 de junio de 1972.

Las fotografías de los soldados destrozados física y moralmente por el combate durante la batalla de Hué de Philip Jones Philips y Don McCullin provocaron también una profunda huella en la sociedad estadounidense. En sus memorias, McCullin escribe aquella batalla de la ofensiva del Tet: “En los días peores, creo que nadie esperaba salir vivo de ahí”. Michael Herr habla de soldados que llevaban escrito en el casco: "¿Por qué yo?". Los marines se habían inventado una canción titulada: “Tenemos que salir vivos de aquí aunque sea lo último que hagamos en la vida”.

La investigación de Seymour M. Hersh sobre la matanza de My Lai, el asesinato de decenas de civiles en una aldea vietnamita por soldados de EE UU en marzo de 1968, también supuso un mazazo para la estrategia bélica de Washington. Tuvieron que pasar otros siete años desde aquella ofensiva que cambió el curso de la guerra —aunque la perdió el Vietcong, demostró su enorme poder de combate— para que el último helicóptero despegase desde el techo de la embajada de EE UU en Saigón, hace ahora 40 años, y acabase la guerra interminable.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Rodolfo Walsh y la prensa proletaria

El periodista argentino impulsó varios proyectos informativos al servicio del pueblo que se convirtieron en referentes de la comunicación alternativa


Camilo Rueda Navarro

Rodolfo Walsh (1927-1977) fue un escritor, periodista y combatiente argentino desaparecido por la última dictadura militar gaucha. Sobresalió por su trabajo literario y por sus investigaciones “Operación Masacre” y “¿Quién mató a Rosendo?”, presentadas en formato de novela de no ficción, precursoras del “Nuevo Periodismo”.

Pero además de su obra literaria y sus destacados escritos, Walsh emprendió a lo largo de su vida varios proyectos de prensa proletaria, en particular durante su militancia en organizaciones peronistas en los últimos años de su vida. A pesar de su corta duración, fueron experiencias valiosas que aún sirven como referente para el periodismo alternativo y popular.

Además de Prensa Latina, la agencia creada en Cuba junto con otros periodistas como Jorge Masetti y Gabriel García Márquez, Walsh participó de proyectos como el Semanario CGT, el diario Noticias y la agencia Ancla.

El “Semanario CGT” 

El primero de mayo de 1968 nació el Semanario CGT, un periódico ideado por la Confederación General del Trabajo de los Argentinos (CGT de los Argentinos o CGTA) que aglutinaba al movimiento sindical que se negó a pactar con la dictadura de Juan Carlos Onganía.

Bajo la dirección de Walsh, el semanario se concibió como “el órgano de los trabajadores, con el que los trabajadores deben colaborar, enviando sus noticias, sus quejas y sus denuncias, colaborando para que llegue, como sea, al último rincón de la República”.

El Semanario CGT buscó ser una publicación con un diseño atractivo para el lector y que no apelara al lenguaje del panfleto para comunicarse con el pueblo trabajador.

Se buscaba una prensa “que estuviera bien escrita y mejor diagramada y sobre todo, que cada número no fuera un inventario de denuncias sino un testimonio de los hechos y del proceso histórico que los gesta”, explica Lilia Ferreyra, viuda de Walsh, sobre la experiencia de ese semanario.

Dicho periódico circulaba todos los jueves a un precio popular y en cada número Walsh publicaba los avances de sus investigaciones periodísticas, como el artículo “¿Quién mató a Rosendo García?”, una pesquisa que después se convertiría en uno de sus grandes trabajos.

Esos textos se convirtieron en el libro “¿Quién mató a Rosendo?” (1968), en el que Walsh relata el asesinato de Rosendo García, dirigente de la Unión Obrera Metalúrgica, ocurrido el 13 de mayo de 1966 en la confitería La Real, en la localidad de Avellaneda. Gracias a su investigación de los hechos y al testimonio de sobrevivientes, señaló al dirigente gremial Augusto Timoteo Vandor como responsable.

Pero el Semanario CGT no estaba exento de los problemas y las contradicciones políticas que vivía el movimiento obrero. El peronismo recomendó desmontar la CGT de los Argentinos, que luego terminaría aislada políticamente hasta su disolución, suerte que también corrió su semanario.

El diario “Noticias” 

En 1972, Walsh decide vincularse a las organizaciones politicomilitares de la izquierda peronista. Militó primero en las Fuerzas Armadas Peronistas y luego en los Montoneros.

Al año siguiente surge la ocasión de conjugar su oficio militante con el oficio periodístico. Se trata del proyecto de crear un periódico peronista, el diario Noticias, con el que se buscaba ganarle lectores a las grandes publicaciones y constituirse en una herramienta política amplia con una mirada de izquierda.

“La idea era sacar a la calle un producto bien editado, que fuera más allá de los tópicos de la militancia y pudiera meterse como una cuña en los problemas cotidianos del común de la gente”, registran los periodistas Hugo Montero e Ignacio Portela en su libro “Rodolfo Walsh: los años montoneros”.

Noticias vio la luz el 21 de noviembre de 1973 gracias a la labor de un equipo integrado por Walsh, Juan Gelman, Horacio Verbitsky y Francisco Urondo, entre otros.

Walsh tenía bajo su cargo la sección de Policiales, donde trataba temáticas como el surgimiento de las bandas paraestatales como la Alianza Anticomunista Argentina o “Triple A”, o la asistencia técnica y financiera que adelantaba la CIA en el país.

En Noticias, Walsh implementó algunos criterios periodísticos de interés, como los siguientes: a excepción de las columnas de opinión, las notas no iban firmadas y generalmente eran de construcción colectiva.

Además, la consigna para todo su equipo era salir a la calle y cotejar los datos con los partes policiales y los cables de las agencias de prensa, identificando contradicciones.

A la hora de redactar, evitaba las oraciones largas y rebuscadas. Más bien apelaba al mensaje conciso y directo, dejando el dato novedoso en la cabeza de la noticia. También eliminaba todas las metáforas e hipérboles en busca de un lenguaje directo y nítido, pues se trataba de llegar al público más popular posible.

Noticias llegó a tener un tiraje de 100.000 ejemplares, pero empezó a ser blanco de la guerra sucia. Una bomba estalló frente a la redacción, sus periodistas se convirtieron en objeto de seguimiento y finalmente recibió la orden de clausura por parte de las autoridades el 27 de agosto de 1974.

Ancla y “Cadena Informativa” 

Con el advenimiento de la dictadura militar (1976-1983), Walsh ideó e implementó dos proyectos informativos que lograron posicionarse a pesar de los rigores del régimen militar.

El primero fue la Agencia de Noticias Clandestina (Ancla), una herramienta comunicacional que le permitió a Walsh y a su equipo trabajar protegidos por la clandestinidad. Producía material periodístico que priorizaba la información dura y prescindía de la opinión y el panfleto agitativo.

Ancla se respaldaba en datos concretos y evitaba manipular la información con fines propagandísticos. Esta fue una generalidad de Rodolfo en su trayectoria periodística. “Los medios de información ideados por Walsh no se hacían eco de consignas y adjetivos despegados de la realidad”, explica su compañero de lucha Horacio Verbitsky.

Ancla tenía una red de colaboradores y con ellos recababa información sobre la represión de la junta militar. Renunció a tener un alcance masivo pero a cambio procuraba llegar a todas las redacciones de medios nacionales e internacionales y a un público clave, incluyendo a los propios mandos militares.

Los temas que abordó Ancla fueron la situación de los presos políticos, las rivalidades al interior de las fuerzas armadas y la censura en el periodismo argentino. Varios medios reprodujeron algunos de sus reportes.

Por su parte, Cadena Informativa fue un proyecto casi que personal. A partir de datos precisos, Walsh redactaba informes con los que buscaba “romper el cerco informativo” que había implantado la dictadura.

El primer número circuló en diciembre de 1976 y convocaba a su público lector a reproducirlo por diversos métodos y distribuirlo en forma de cadena para romper el aislamiento.

El 24 de marzo de 1977, al cumplirse el primer aniversario del golpe militar, Walsh publica su texto “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, en el que denuncia los crímenes que venían cometiendo los militares. Al día siguiente, el periodista es cercado por los militares y muere baleado en la calle. Su cuerpo fue desaparecido.

Los informes de Ancla y de Cadena Informativa siguieron circulando por obra de sus compañeros hasta finales de 1977. Aunque algunos de sus escritos desaparecieron, su obra prevaleció y hoy es clave en la memoria histórica latinoamericana, todo un modelo para el periodismo popular.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Hace 40 años: el primer viaje de Fidel a Vietnam

Dieciocho días inolvidables. Crónica de Juan Marrero, enviado especial de "Granma" a aquel histórico viaje.


Ya se habían logrado los acuerdos de París que abrían el camino a la paz en Viet Nam. El 12 de septiembre de 1973, hace 40 años, Fidel Castro encabezaba una delegación del Partido y el Gobierno de Cuba que llegaba a Hanoi, la capital de la República Democrática de Viet Nam. No lo hizo directamente desde La Habana, antes estuvo en Trinidad y Tobago, Guinea (Conakry), Argel, Bagdad y Nueva Delhi.

Como reportero del diario Granma tuve el privilegio de dar cobertura a todo el recorrido, aunque quedé con una insatisfacción que cuatro décadas no han podido borrar: ser excluido del pequeño grupo de periodistas cubanos que junto a Fidel traspasaron el Paralelo 17 y que en el sur de Viet Nam se reunieron con los combatientes del Ejercito de Liberación Nacional. Las razones de esto las explicaré más adelante.

Aquel histórico viaje comenzó en Puerto España, Trinidad y Tobago. Allí, en un pequeño hotel muy próximo al aeropuerto, Fidel sostuvo un encuentro con los primeros ministros de Trinidad y Tobago (Eric Williams), Jamaica (Michael Manley), Guyana (Forbes Burnham) y Barbados (Errol Barrow). Allí les agradeció la actitud de valentía que habían tenido esos países caribeños, meses antes, de establecer relaciones con Cuba, o sea al asumir una posición común en desobediencia a la política que había impuesto Estados Unidos a la mayoría de los países de la región.

Recuerdo algo importante de aquel encuentro. Fidel les habló de la necesidad que tenía los países de América Latina y el Caribe de integrarse y cooperar entre ellos. Y decía algo que entonces era solo un sueño: “Debemos tener una organización regional que defienda nuestros intereses sin los Estados Unidos”. No hubo que esperar demasiado. En este siglo XXI eso se materializó con la creación de la Comunidad Económica de Latinoamérica y el Caribe (CELAC).

En el mismo avión de Cubana de Aviación viajaron a Guinea (Conakry), Fidel, Manley y Burnham, quienes fueron recibidos por el líder africano Sekou Touré. Y, en el mismo avión, esos cuatro mandatarios llegaron a Argel el 6 de septiembre para participar en la IV Cumbre del Movimiento de Países No Alineados (NOAL). Ese encuentro, en el que participaron 70 países, se caracterizó en una primera etapa por un torrente de oratoria retórica, huidiza, anticomunista y derechista de varios Jefes de Estado y Gobierno que con ello trataron de asestarle un golpe mortal a los principios anticolonialistas, antiimperialistas, progresistas y democráticos del movimiento que comenzó a gestarse en Bandung.

Sus discursos en la tribuna y la sabiduría política del presidente de Argelia, Houari Boumediene, de Fidel Castro, de Indira Gandhi, de la India, del arzobispo Makarios, de Chipre, y de otros dirigentes impidieron que esa cumbre terminara en un fracaso. La tendencia anticomunista fue derrotada y los derechistas salieron desmoralizados y las fuerzas progresistas fortalecidas. Entre sus acuerdos más importantes estuvo el rechazo a la criminal agresión norteamericana y el apoyo a la heroica lucha de resistencia del pueblo de Viet Nam. Durante la cumbre varios países anunciaron su reconocimiento al Gobierno Provisional de Viet Nam del Sur. Otro acuerdo fue el respaldo al amenazado gobierno popular de Salvador Allende en Chile, cuyo canciller Clodomiro Almeida lo representó en la cumbre de Argel.

Tras concluir la cumbre, y efectuar una escala en Bagdad, donde Fidel sostuvo un encuentro con el presidente Saddam Hussein, el 11 de septiembre el IL-62 de Cubana de Aviación levantó vuelo hacia Nueva Delhi. Estando en el aire se reciben las primeras noticias sobre los trágicos acontecimientos que tienen lugar en Chile. Aproximadamente a las 6 de la tarde (hora de la India) se llega a la capital india, donde la delegación cubana recibe la confirmación sobre la muerte de Allende y que las fuerzas fascistas habían tomado el Palacio de la Moneda.

Les cuento que este periodista, quien había conocido a Allende cuando dio cobertura a su visita en Cuba, quedó profundamente impresionado y afectado. Pasé por un estado de crisis que me produjo vómitos constantes, diarreas y mareos. No pude salir de la habitación 11 (¿coincidencia?) que me asignaron en el moderno hotel Ashoka. No pude, pues, participar en las actividades que desarrolló Fidel esa noche en Nueva Delhi. Supe que a las 4 de la madrugada seguiríamos viaje a Hanoi. A eso de las 3 de la madrugada bajé a tomarme un te y le conté a Fundora y Robreño, que eran los jefes del grupo de prensa, lo que me pasaba. “En ese estado creo que tendrás que quedarte aquí en Delhi. Hablaré con la embajada”, me dijo Fundora. Volví a mi habitación y recogí mi maletín de mano. Salí a la calle y pedí al chofer del carro que me habían asignado que fuéramos para el aeropuerto. Fui de los primeros que subí al avión, un IL-18, pues el IL-62 debía quedarse en tierra ya que la pista de aterrizaje en Hanoi es corta. Cuando llegó Fundora, y cuando esperaba una fuerte reprimenda, lo que hizo fue preguntarme cómo seguía. “Mejor, le respondí, no podía perderme este viaje a Viet Nam”, país al que ya conocía pues tres años antes había estado en él como corresponsal de guerra. Al poco rato de levantar vuelo el avión, el equipo médico del Comandante me vio, me inyectó y desperté cuando llegué a Hanoi, en horas del mediodía.

La bienvenida a Fidel fue apoteósica. Centenares de miles de vietnamitas bajo una temperatura de más de 30 grados centígrados se alinearon a lo largo de diez kilómetros. Escribí en un primer despacho para Granma: “El calor ofrecido por el pueblo vietnamita a Fidel y a la comitiva oficial que lo acompaña sobrepasa el límite de lo descriptible. Hanoi está de fiesta…la visita de Fidel ha conmocionado a cada hombre y mujer, a cada joven y anciano, a cada niño. Hay que verlos en las calles ansiosos por ver a Fidel, hay que verlos desplegando pequeñas banderas de Viet Nam y Cuba al paso de la delegación cubana, hay que verlos gritando en español Viva Cuba, Viva Fidel. Estas expresiones llegan profundamente a nuestros corazones porque sabemos que brotan de rostros de héroes de la guerra, de forjadores de la victoria contra la agresión yanqui”.

Le Duan, primer secretario del Partido de los Trabajadores de Viet Nam, Pham Van Dong, primer ministro, y Vo Nguyen Giap, el héroe de Dien Bien Phu, dieron la bienvenida a Fidel en el aeropuerto. Por vez primera se usó en Viet Nam un auto descubierto para recibir a un Jefe de Estado o Gobierno que lentamente avanzó hasta el Palacio Presidencial. Y allí Fidel dijo: “Viet Nam es el más extraordinario ejemplo del espíritu revolucionario de un pueblo. Por eso hemos viajado desde Cuba, tan distante geográficamente, pero tan cerca en las ideas y en los sentimientos”. Ese mismo primer día comenzaron las conversaciones oficiales entre las delegaciones de Viet Nam y Cuba y hubo una cena de bienvenida a Fidel.

La visita se había programado para dos semanas, pero los acontecimientos en Chile determinaron fuese acortada.

El 13 de septiembre, Fidel visitó la casa en que vivió el presidente Ho Chi Minh, situada justamente al lado del Palacio Presidencial. Lo hizo acompañado por Pham Van Dong y Giap. Esa casa fue construida en los días en que los bombardeos yanquis a Hanoi fueron más intensos. Recorrió la habitación donde el tío Ho falleció el 1 de septiembre de 1969. Y allí, Pham Van Dong comentó: “El sueño más profundo de Ho Chi Minh era ir al sur. Pero en los últimos años de su vida él estaba muy delicado físicamente, y así y todo él nos pedía: “Quiero ir ahora al Sur para unirme a los combatientes”. También Fidel estuvo en el estuario, fuera de la casa, donde Ho Chi Minh acostumbraba a sentarse en los atardeceres y dar alimentos a sus peces.

El propio día Fidel estuvo en el Museo del Ejército Popular de Viet Nam. Y allí, ante una maqueta, Giap le explicó detalladamente la batalla de Dien Bien Phu, que se extendió por 55 días, y que puso fin al dominio colonial francés en Viet Nam. Fidel, como ha sido siempre su estilo, ansioso de conocer cada detalle, hizo numerosas preguntas al héroe vietnamita. Algunas de ellas: ¿Qué posibilidades tenían las fuerzas francesas de reforzar por tierra a Dien Bien Phu? ¿Por qué no intentaron reforzar por tierra? ¿Cómo hicieron el traslado de los abastecimientos a los defensores de Dien Bien Phu? ¿Cuántos cañones y piezas de artillería tenían? ¿Cómo era las trincheras? Haciendo gala de buena memoria, Giap recordaba con precisión cada cifra. Al final del encuentro, Giap impuso los sellos de combatientes de Dien Bien Phu a Fidel, a Carlos Rafael Rodríguez, a Osmany Cienfuegos, a Héctor Rodríguez Llompart, a Pepín Naranjo, a Melba Hernández, al embajador Raúl Valdés Vivó y a otros integrantes de la delegación cubana.

El 14 de septiembre, una parte del reducido grupo de periodistas, personal médico e incluso algunos integrantes del cuerpo de seguridad del Comandante en Jefe emprendimos camino hacia Haiphong, puerto de Viet Nam que durante muchos años fue centro de los ataques de la aviación norteamericana. Solo quedaron Santiago Álvarez e Iván Nápoles, del ICAIC, y el fotógrafo Pablo Caballero, de los Estudios Revolución, en Hanoi. Pensamos que éramos una avanzada y que detrás vendría la caravana de Fidel. Lo mismo que había ocurrido en Hanoi sucedió en Haiphong. Miles de gentes en las calles para dar la bienvenida a Fidel. En su nombre la recibimos los periodistas cubanos, entre ellos recuerdo a Ricardo Sáenz, de Juventud Rebelde, y a Carlos Mora, de Prensa Latina. Nos entregaron flores e incluso participamos en un mitin de masas de apoyo a Cuba.

Al día siguiente, supimos que Fidel, con una pequeña comitiva, había ido para el sur de Viet Nam. Mucho tiempo después, el compañero Valdés Vivó me explicó que por el adelanto del viaje y para garantizar la seguridad de Fidel hubo necesidad de reducir el grupo que iría al Sur. Fue una decisión entendible de los vietnamitas.

Regresamos a Hanoi, y casi al mediodía del 14 de septiembre nos trasladamos al aeropuerto para recibir a Fidel y a la comitiva cubana. Descendió de un avión An-24, se le veía feliz, y junto a la escalerilla lo recibió el general Giap, quien le dio un fuerte abrazo y, en español, decía: “Gran victoria de Cuba y Viet Nam”. Lo repitió tres veces.

Como periodista de Granma debía hacer algo para que nuestro pueblo tuviese la gran noticia del encuentro de Fidel con los combatientes de Viet Nam del Sur. Se me ocurrió, en el mismo aeropuerto, interrogar a Santiago Álvarez, capaz de sintetizar todo lo esencial que había ocurrido en los dos días del viaje al sur. Titulé la crónica El viaje de Fidel a Viet Nam y el documental “Los cuatro puentes”, que envié a La Habana el 16 de septiembre.

Empecé la crónica así: “Fidel Castro traspasó el paralelo 17, la artificial demarcación militar trazada por los imperialistas yanquis, y visitó las zonas liberadas por los patriotas de Viet Nam del Sur. Este sensacional acontecimiento se produjo durante el sábado, y fue conocido por la población de Hanoi en la mañana de hoy, poco antes de que Fidel descendiese en el aeropuerto de Gia Lam de un AN-24 que lo trajo de retorno desde la Cuarta Zona Militar. Al bajar del avión, el rostro de Fidel reflejaba una inmensa felicidad. No era para menos: acababa de materializar el hermoso sueño de avanzar por los lugares donde la guerra de agresión yanqui alcanzó sus niveles más destructivos y donde, al propio tiempo, las expresiones de heroísmo del pueblo de Viet Nam se sucedieron minuto tras minuto a lo largo de los últimos diez años en el combate contra el más poderoso y criminal imperialismo que ha conocido la humanidad”.

Santiago Álvarez, con esa locuacidad que lo caracterizaba, me contó sobre la experiencia vivida. Lo encontré casi irreconocible usando sobre su cabeza un casco verde que le obsequiaron los combatientes vietnamitas y sus ropas estaban salpicadas de barro rojo. Y aún con un estado de tensión elevado reconstruyó lo que pasó, escena por escena, momento por momento. Del encuentro de Fidel con tres héroes de las milicias en Vinh Linh, de los cráteres abiertos por las bombas yanquis, de la destrucción de caminos y puentes que hicieron difícil avanzar la caravana de jeeps y ómnibus empleados, del cruce del río Ben Hai que corre junto a la ficticia línea del paralelo 17, de la visita a la base de Doc Mien, que formó parte del complejo estratégico electrónico de Estados Unidos, de la colina 241, que los imperialistas llamaban la base Carol, y donde Fidel habló a los combatientes, de la asistencia brindada por nuestros médicos a cuatro trabajadores vietnamitas a los que explotó una bomba mientras labraban la tierra.

Santiago se proponía titular su documental “Los cuatro puentes”. ¿Por qué?, le pregunté, y me respondió: “Ese titulo me lo sugirió el paso por cerca de Dong Ha. Allí hay tres puentes sobre el río Cam Lo. El primero fue construido por los franceses, representa el colonialismo y está hoy destruido; el segundo, construido por los norteamericanos representa el neocolonialismo y también está destruido; el tercero, es obra de los vietnamitas y por él cruzaron Fidel y su delegación, está nuevecito, es modesto, sobre pontones, pero sobre él pasan todos los vietnamitas. “¿Y cuál es el cuarto puente, Santiago? ”Ese es el que yo llamo El Puente de la Solidaridad y de la Amistad con Viet Nam. Ese existe desde hace muchos años por aire, por mar, por tierra, por la radio, por la prensa, por el cine, por los comités de solidaridad de todo el mundo”.

El 18 de septiembre salimos de Hanoi. Se hicieron escalas técnicas en Calcuta y Delhi –aquí se tomó nuevamente el IL-62–, y después en Praga y Gander. Fidel habló en varios aeropuertos con la prensa. Junto con la visita a Viet Nam y la cumbre de No Alineados, muy presente estuvo el tema de la tragedia ocurrida en Chile. Denunció la participación norteamericana en el complot para derrocar a Allende, los métodos fascistas de los militares golpistas y la valentía y dignidad del presidente Allende que lo convertiría en una bandera de lucha para el pueblo chileno.

Treinta y seis horas después estaríamos en La Habana. Fueron 18 días muy productivos e inolvidables.

Tomado de Cubadebate

viernes, 8 de junio de 2012

Famosa foto símbolo del horror de la guerra de Vietnam cumple 40 años

La famosa fotografía de la “niña del napalm” cumple este viernes 40 años convertida en ícono de los estragos de la guerra, un aniversario en el que sus protagonistas recordaron la capacidad de una imagen para cambiar el curso de la historia.


Kim Phuc tenía solo 9 años cuando un avión del Ejército survietnamita bombardeó su pequeño pueblo de Trang Bang, cerca de Saigón (hoy ciudad Ho Chi Minh), en un ataque coordinado con el mando estadounidense que trataba de controlar el abastecimiento por carretera entre Camboya y Vietnam.

Los informes de Estados Unidos indicaban que no había civiles en la localidad, según explicaron posteriormente los militares al frente de la operación, quienes dieron luz verde al lanzamiento de misiles cargados de napalm, un combustible capaz de calcinar cualquier forma de vida, que convirtió el lugar en un infierno en llamas.

“Hasta entonces yo era una niña feliz”, aseguró Phuc quien atemorizada se había refugiado con su familia en el templo de Cao Dai.

El fuego de esas bombas, que alcanza 1.200 grados, carbonizó sus ropas y le causó quemaduras en el 65 por ciento de su cuerpo, especialmente en su espalda y brazo izquierdo, cuya piel se derretía del calor.

Phuc salió corriendo por la carretera desnuda, presa del dolor -”¡muy caliente, muy caliente!”, gritaba-, con el rostro en llanto, igual que otros de sus parientes. Un momento que inmortalizó el fotógrafo vietnamita Nick Ut quien cubría la Guerra de Vietnam para la agencia estadounidense Associated Press.

Esa instantánea tomada el 8 de junio de 1972 dio la vuelta al mundo y mostró los horrores del conflicto a la sociedad internacional hasta el punto de que fue decisiva para acelerar el final de los enfrentamientos.

“La Guerra de Vietnam terminó gracias a esa fotografía”, aseguró a Efe el fotógrafo, quien esta semana se reencontró con Phuc en una conferencia organizada por la iglesia baptista Liberty de Newport Beach, en el sur de California.

Aquella imagen fue una de las muchas que tomó Ut en aquel conflicto, aunque ésa marcó su carrera y le valió el premio Pulitzer.

“Para mí parece que fue ayer, es muy triste, miro de nuevo a las fotografías y se ve lo terrible que fue la guerra, todas las guerras, no solo Vietnam”, comentó el reportero gráfico que ahora tiene 61 años y aún sigue en activo.

Ut volvió a desempolvar aquellas instantáneas con motivo del 40 aniversario de aquel 8 de junio, unos documentos que no captan lo que pasó a continuación pero que el fotógrafo se encargó de narrar.

“Fui a ayudarla al instante (a Phuc) porque su piel se le estaba desprendiendo del brazo y la espalda. No quería que muriera. Dejé mi cámara y empecé a echarle agua encima, luego la metí en mi coche y nos fuimos al hospital, sabía que podría morir en cualquier momento”, relató Ut.

Kim Phuc llegó en estado crítico al centro médico y el personal, escaso de recursos, la envió directamente al tanatorio, donde pasó tres días.

“Pero no me moría”, contó Phuc, quien gracias a un amigo de su padre terminó por ser realojada en unas instalaciones para quemados donde estuvo bajo tratamiento durante 14 meses.

“Es un milagro que sobreviviera”, confesó la mujer cuya historia emocionó a los feligreses californianos a los que enseñó las cicatrices en su brazo quemado, aún visibles a pesar de haberse sometido a 17 operaciones para reconstruir el tejido incinerado por el napalm.

Las secuelas psicológicas, apuntó Phuc, duraron mucho más. En su caso, encontró la paz que estaba buscando en 1982 a través de la fe cristiana que ahora predica con una sonrisa, según declaró.

“Estoy muy contenta. Pienso que la fotografía es un regalo muy poderoso para mí y creo que el mundo es mejor gracias a ella, porque ha hecho que la gente sea más consciente cuando piensa en guerras”, manifestó.

Desde hace 15 años Kim Phuc es embajadora de Buena Voluntad de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

Con información de EFE

domingo, 25 de marzo de 2012

Guillermo Cano jugando fútbol


Guillermo Cano, gran apasionado al fútbol, hincha de Independiente Santa Fe, jugando un partido en el Gimnasio Moderno en 1976.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Guillermo Cano y su "Libreta de apuntes"


Guillermo Cano, director de El Espectador, creó en enero de 1979 su columna de opinión, llamada "Libreta de apuntes". En ella comenzó a registrar sus opiniones sobre el país y sus apremios por la violencia, la corrupción y el narcotráfico.

Cano fue acribillado por la mafia la noche del miércoles 17 de diciembre de 1986, cuando salía de las instalaciones del diario, ubicadas en la carrera 68 con calle 23 de Bogotá.

sábado, 29 de octubre de 2011

El reloj del presidente

Las elecciones del 19 de abril de 1970


Carlos Lleras Restrepo decretó el toque de queda por la televisión


De pronto, se interrumpió la programación de televisión y una voz pausada inició su discurso con aquellas tres palabras familiares: Amigas y amigos. En una serena pero enérgica alocución, el presidente Carlos Lleras analizó la situación de orden público, deteriorada desde la misma noche de las elecciones 19 de abril.


Por Armando Caicedo Garzón

Ese domingo, los periodistas de la radio emitían boletines sobre los resultados parciales de los escrutinios que en las primeras horas favorecían a Rojas, informaciones interrumpidas abruptamente por el entonces ministro de Gobierno, Carlos Augusto El Tigrillo Noriega, quien amonestó públicamente a los periodistas por realizar sus propias cuentas sin ajustarse a los comunicados de la Registraduría.

Desde ese mismo instante, por orden expresa del Ministro, los periodistas solo estaban autorizados a emitir la información electoral contenida en los lentos Boletínes Oficiales de la Registraduría. Una sombra de desconcierto afectó entonces la credibilidad del proceso electoral y la duda se anidó en la conciencia de la opinión pública.

La sensación de fraude y la consecuente reacción de los rojistas , que perdieron las elecciones por estrecho margen, provocaron las más violentas manifestaciones postelectorales de la historia.

Esa noche de martes, 50 horas después de cerradas las urnas, el Presidente interrumpió la programación de televisión para dirigirse a sus compatriotas.

... ya lo dije y lo repito, que aquí se sostendrá la Constitución y yo seguiré en el mando hasta el 7 de agosto, si estoy vivo. Solo saldré del Palacio muerto.

... La afirmación de la Anapo sobre fraude es falsa y la rechazo de la manera más enfática. El país sabe que no miento...

... en cuanto a Bogotá, son las ocho. (Aquí el Presidente mira su reloj). A las nueve de la noche no debe haber gente en las calles. El toque de queda se cumplirá, y quien salga a la calle será por su cuenta y con las consecuencias de quien viola un Estado de Guerra. La gente tiene una hora para dirigirse a sus casas... .

Los bogotanos consultaron el reloj para comprobar si marcaba la misma hora que el reloj del Presidente.

La noticia se regó por la capital. Miles de ciudadanos recorrían, en agitado pasitrote, las cada vez más desoladas avenidas, rumbo a sus hogares. Otros improvisaban amanecida en la oficina, mientras los más avispados se refugiaban en cama ajena, previa notificación telefónica, con la manida disculpa: Mija, me cogió el toque.

Las ocho calles que conducen a la casa del General Rojas en el sector de Teusaquillo quedaron bloqueadas. Miles de sus adeptos que desde los barrios populares convergían hasta allí, no pudieron avanzar y fueron dispersados. La escasa información sobre la familia Rojas dio rienda suelta a torcidas especulaciones. En la mente de algunos anapistas se pensaba con el deseo y se echó a rodar la bola de que María Eugenia Rojas se hallaba detenida en Bucaramanga, cuando se alistaba a incorporarse a la guerrilla.

La realidad estaba lejos de ser asimilada por la opinión pública. En ese momento, el país se encontraba inmerso en un mar de encontradas emociones. Le robaron las elecciones a Rojas fue la sensación que quedó flotando en el ambiente.

Realmente, los periodistas obraron de la mejor buena fe. Es evidente que los grandes centros urbanos tienen la mejor estructura de comunicaciones y por lo tanto los datos electorales de las grandes urbes llegaron de primero a la Registraduría. Comoquiera que en Cali, Medellín, Bucaramanga, Barranquilla y Bogotá triunfó Rojas, y éstos fueron los primeros datos que llegaron, también fueron los primeros en ser difundidos por la radio.

Quien obró fuera de contexto fue el Ministro de Gobierno. Inseguro, emocionado y turbado transmitió al aire la sensación de chocorazo oficial.

Después, cuando empezaron a llegar los datos de provincia, la ligera ventaja de Rojas se convirtió en ligera ventaja para Pastrana. Los datos finales así lo comprueban. Pastrana ganó en doce departamentos. Rojas fue mayoría en siete. Y Sourdis, en tres.

El presidente Carlos Leras, a quien el pueblo llamaba Remache como síntesis de su baja estatura y su genio acerado, libró la Noche del reloj del Presidente su más memorable batalla política.

Muchos colombianos no se tragaron los resultados de la Registraduría. Entre otros, algunos apasionados integrantes de la Anapo, quienes decidieron convertir a este 19 de abril en motivo de rebeldía. De allí nació, con el espíritu de vindicta, el Movimiento 19 de Abril, M-19.

Covertido en símbolo de autoridad el reloj del Presidente de fabricación soviética fue posteriormente donado y luego rematado, para beneficio de una obra social.

domingo, 18 de septiembre de 2011

El paso de Gabo por la revista Alternativa

Por Enrique Santos Calderón


No fue fácil convencer a García Márquez de fundar una revista de izquierda en la Colombia de mediados de los 70. Aunque tenía claros compromisos públicos con la causa, no creía en semejante aventura en un país donde la efervescencia de los grupos revolucionarios iba de la mano de su canibalismo político.

"No me metas en estas vainas que siempre fracasan", me dijo de entrada cuando le planteé la iniciativa, que veníamos discutiendo un grupo de amigos interesados en que los movimientos de izquierda -en esa época tan vigorosos como numerosos- tuvieran un medio de expresión distinto de las acartonadas publicaciones de cada grupo.

Él ya había tenido una reunión con otros impulsores del proyecto (Bernardo García, Orlando Fals Borda, Jorge Villegas), que le habían presentado un borrador de la revista, que a Gabo le pareció un triste boletín sindical. En su oficio de periodista había desarrollado, además, un arraigado prejuicio contra las revistas. "Es un medio desdichado en este país", me advirtió.

Para vencer tantas reticencias invoqué, a manera de cobranza personal, una aventura similar en la que él me había embarcado pocos meses antes y por la cual lo conocí: la creación del primer comité de derechos humanos colombiano. Fue a mediados de 1973, cuando el escritor Álvaro Cepeda Samudio me dijo que su gran amigo Gabito quería contactarme a propósito de un agrio debate que le habían armado sectores de la izquierda colombiana. La razón: el año anterior había donado los 25.000 dólares de su premio Rómulo Gallegos al recién fundado Movimiento al Socialismo (MAS) de Venezuela, y no a un grupo revolucionario nacional.

García Márquez acababa de recibir otro premio literario con 10.000 dólares (de la Universidad de Arizona) y quería consejos sobre a quién donarle esa plata en Colombia para evitar una nueva 'escandola'. Me sentí halagadísimo cuando el ya famoso autor de Cien años de soledad, con el que nunca había cruzado palabra, me llamó a preguntarme si lo indicado sería entregársela a alguna asociación de presos políticos. Cuando le dije que aquí no existía una entidad de esa índole, me dijo con su desparpajo caribe: "Pues fúndala, no joda, invéntatela". Asumí la complicada consigna, que significó convencer a media docena de escépticos líderes sindicales y campesinos, y así nació el Comité de Solidaridad con los Presos Políticos. Y, poco después, la revista alternativa. Y, lo más duradero, una gran amistad.

Gabo aceptó que me debía una y eso selló su respaldo al lanzamiento, en febrero de 1974, de la más difundida publicación en la historia de la izquierda en Colombia. El primer número, con ruidosa portada sobre la contraguerrilla, que fue decomisado en algunos puestos de venta de Bogotá, anunciaba el propósito de trabajar por la 'unidad crítica' de la izquierda. Tal era el tamaño de la ilusión.

García Márquez compartió, pese a sus resquemores, el espíritu de alternativa, que encajaba bien con su postura pública como escritor comprometido y crítico acérrimo de las dictaduras militares. Aunque ya era considerado el novelista más importante de América Latina, rompió con la literatura tras el golpe militar contra Allende en Chile. Poco antes de su sonada "huelga literaria contra el fascismo", había entrado a formar parte del Tribunal Russell contra la Tortura y colaboraba en París con Jean Paul Sartre en un trabajo sobre el militarismo brasileño y chileno.

La política había pasado a copar el centro de su atención. "Estoy tan metido en la política que siento nostalgia de la literatura", dijo por esos días en la revista española El Viejo Topo.

Ya integrado al equipo de alternativa, en las reuniones iniciales en Bogotá, le preguntábamos mucho por el sentido de esta pausa literaria y siempre recalcaba que él no era un hombre político, pero que la realidad lo había metido forzosamente en eso y que en América Latina todo el mundo tenía que ser político.

En una larga entrevista que le hicimos a los pocos meses de aparecida la revista, reveló que en alternativa había encontrado "una forma de militancia política que he buscado durante muchos años: un trabajo periodístico serio y comprometido hasta el tuétano...". Fue una conversación de varias horas en mi casa con el comité editorial, en la que Gabo habló de la evolución de su pensamiento político, de su adhesión al MAS venezolano como caso único de militancia partidista, de su fidelidad a la revolución cubana y de su propósito de utilizar la pausa literaria para dedicarse a causas como la lucha contra la dictadura militar de Pinochet. Ante nuestro acoso para que fijara posición sobre todos los temas imaginables, entre resignado y exasperado, terminó advirtiendo que "nadie espere de mí, en el campo de la política, nada distinto, ni más importante, ni más heroico, que mi trabajo en esta revista".

No resultó así, porque García Márquez se involucró entonces en toda suerte de proyectos y campañas nacionales e internacionales. Víctima de su propio invento, si se quiere. De la declarada intención de poner su prestigio y su pluma al servicio de la revolución. Y la 'huelga literaria' nunca supuso una ruptura con su trabajo de escritor, pues a partir de ese momento se concentró en reportajes y artículos para alternativa y otras publicaciones europeas y latinoamericanas.

Fue así, pues, como García Márquez terminó metido en un proyecto de periodismo militante que lo sumergió de lleno en el hervidero fragmentado de la izquierda colombiana de los años 70. Contra todo pronóstico, y pese a nuestro deliberado desdén por la ecuanimidad o el equilibrio informativos, alternativa duró hasta 1980 y marcó un hito en la historia del periodismo de oposición en Colombia.