Mostrando entradas con la etiqueta Bogotá. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bogotá. Mostrar todas las entradas

martes, 15 de septiembre de 2020

El Paro Cívico de 1977: cuando toda Bogotá se movilizó por primera vez


El paro de hace 43 años no solo fue significativo por sus dimensiones, sino también por las consecuencias que trajo para la vida política del país.

Por María Flórez

En la Bogotá de 1977 cientos de personas llevaron a cabo una de las acciones de protesta más importantes en la historia del país: el Paro Cívico Nacional, organizado para el 14 de septiembre por convocatoria del movimiento sindical. Los habitantes de la ciudad, agobiados por los bajos ingresos y la inflación, salieron a las calles para exigirle al gobierno que aumentara los salarios, congelara los precios de productos básicos, otorgara derechos sindicales a los trabajadores estatales y levantara el Estado de Sitio.

Pasadas cuatro décadas, esa movilización se ha comparado con las multitudinarias marchas del pasado 21 de noviembre. El Paro de 1977 no solo fue significativo por sus dimensiones, sino también por las consecuencias que trajo para la vida política del país.

Tras su desarrollo, el Estado afianzó aún más la concepción de que la protesta social era una amenaza que debía ser conjurada; por su parte, las insurgencias avanzaron en la decisión de fortalecer su presencia en las ciudades y la sociedad civil tejió redes de organizaciones en los barrios para continuar exigiendo la garantía de sus derechos.

Transcurridos 43 años desde ese estallido popular, resulta interesante reflexionar sobre los hechos de entonces para aportar a los debates actuales sobre la movilización social y el derecho a la ciudad. 
 
La antesala del Paro

Los habitantes de los barrios empobrecidos de Bogotá, en la segunda mitad de la década de los setenta, atravesaban una difícil situación económica. Las familias tenían que vivir con bajos salarios o de trabajos informales, al tiempo que el Estado desmontaba los subsidios al transporte público, se devaluaba el peso y se disparaban los precios de los alimentos. El gobierno, además, creó en esa época el impuesto de valorización, con el que los ciudadanos debían financiar la construcción de avenidas y la modernización del alumbrado público.

El docente, investigador y doctor en historia Frank Molano explica la situación que atravesaban los bogotanos de entonces: “Había una condición de modernización urbana de carácter neoliberal. A los sectores medios y populares que se habían hecho a sus viviendas les caía la obligación de contribuir a la ciudad, sin que eso hubiera significado un incremento salarial. Esos cambios obedecían a un cambio en el modelo de acumulación del capital y a una forma en que la ciudad pensaba ampliarse con una retirada de la inversión estatal”. 

Molano también argumenta que la modernización de Bogotá no traía consigo la construcción de mejores espacios públicos para sus habitantes: “Los barrios eran dormitorios de trabajadores, sin terminal de transportes, hospitales, parques públicos, plazas de mercado. Era una ciudad llena de vías, claro, para la movilidad de los trabajadores, pero no era una ciudad para habitar”.

A lo largo de la década, el transporte público se había convertido en un serio problema para los habitantes del sur y el noroccidente de la ciudad, que protestaban para pedir la mejora en la prestación del servicio luego de que las autoridades o los políticos locales se negaran a atender sus demandas. Entre las movilizaciones más significativas por el acceso al transporte se registra el Paro Cívico del Suroriente, ocurrido el 27 de noviembre de 1974, cuando habitantes de al menos 30 barrios de ese sector de la ciudad bloquearon la vía a Villavicencio, cansados de que la Alcaldía y las empresas de transporte ignoraran sus reiteradas peticiones al respecto.

El bloqueo de vías era una modalidad de protesta que recién tomaba fuerza en la ciudad, donde buena parte de las necesidades de servicios públicos o equipamiento urbano se habían resuelto por la vía de la autogestión o de la negociación en cabeza de las juntas de acción comunal, tal como como concluyó en el libro La ciudad en la Sombra el profesor, investigador y doctor en Estudios Latinoamericanos Alfonso Torres. 

Al tiempo que los habitantes de los barrios del suroriente, el suroccidente y el noroccidente incursionaban en nuevas formas de protesta, en los mismos sectores tenían lugar dos procesos que promovían el pensamiento crítico entre los jóvenes: la ampliación de la cobertura de la educación pública mediante la construcción de grandes colegios y la presencia permanente de organizaciones sociales y políticas de izquierda. Entre ellas, la Alianza Nacional Popular (ANAPO), el Partido Comunista, la Unión Nacional de Oposición (UNO), los sindicatos de las fábricas y los sacerdotes y las monjas vinculados al movimiento de la Teología de la Liberación.

Así explica el profesor Torres la influencia que estos procesos tuvieron en el desarrollo del Paro Cívico Nacional: “La gente que se va a movilizar no es el migrante (del campo). Somos los hijos, los nietos, la generación que es más urbana, que tiene otra mirada. Donde hubo mayor movilización fue en estos barrios donde había una generación urbana, escolarizada, con una previa familiarización con esas formas de movilización”.

Esos y otros factores permitieron que el 14 de septiembre de 1977 protestaran no solo los trabajadores sindicalizados, sino también los habitantes de los barrios en general. De acuerdo con Torres, “se movilizó gente que habitualmente no se movilizaba, que no era de un núcleo o partido. Se movilizaron no solamente los trabajadores, sino el desempleado, el habitante de barrio. Es decir, apareció esa identidad de lo barrial, de lo popular urbano”.
 
Los impactos del Paro

Con varias semanas de anticipación, en diferentes barrios de la ciudad empezaron a prepararse las tareas necesarias para la realización del Paro Cívico. En su libro Un día de septiembre, de 1980, Arturo Alape incluyó importantes testimonios sobre la planeación del Paro en Atahualpa, Policarpa, República de Canadá, Santa Lucía, Kennedy, La Granja, Tabora, Bosa y el cercano municipio de Soacha. 

A la par, el gobierno del presidente Alfonso López Michelsen hizo grandes esfuerzos por impedir la movilización. Desde finales de agosto, el gobierno decretó el arresto de las personas que participaran en la organización de manifestaciones y a comienzos de septiembre prohibió las concentraciones públicas. El Ejecutivo también ignoró el pliego de peticiones de las centrales sindicales, caracterizando la protesta como una acción organizada para influir en las elecciones presidenciales que se avecinaban y, más tarde, como una acción ‘subversiva’.

La prohibición gubernamental no impidió que obreros, docentes, empleados públicos, estudiantes, trabajadores informales, integrantes de juntas de acción comunal, comités de valorización y comités provivienda paralizaran Bogotá. 

Durante la jornada se vivió una inusual beligerancia, que además de bloqueos en las principales vías incluyó enfrentamientos con la Policía en barrios como Ciudad Kennedy, Quirigua, San Fernando, La Estrada, Las Ferias y Fontibón, según documentó Alape. Algunos manifestantes también atacaron buses y bancos y saquearon grandes almacenes de ropa, alimentos, zapatos, muebles e insumos para la construcción.

Estas acciones violentas son usualmente rememoradas cuando se habla del Paro Cívico. El profesor Molano propone una lectura para comprender este tipo de acciones: “Generalmente se trata de plantear que la lucha popular es irracional, que la gente es manipulada o que simplemente va a su paso arrasando con todo. Pero diferentes estudios, tanto del Bogotazo, como del Paro del 77, muestran que aquello que se saquea, se bloquea o se incendia está asociado a lo que para la gente representa blancos muy concretos que afectan su calidad de vida o que le plantean ventajas para la lucha callejera”. 

Para el caso concreto del Paro Cívico, Molano argumenta que hubo “una racionalidad popular, en donde no se atacó, por ejemplo, colegios, hospitales, viviendas. Cuando se trata de levantamientos contra el hambre, la carestía, la escasez, obviamente lo que la gente busca es abastecerse de ropa, alimentos o de ferretería, porque necesitaba herramientas para estar en la calle. Los episodios de levantamiento popular son estallidos de descontento que se expresan de esta manera”. 

Habiéndola estigmatizado desde antes de que ocurriera, el gobierno de López reprimió duramente la manifestación. Fueron asesinadas al menos 25 personas en Bogotá, en su mayoría jóvenes estudiantes que habitaban barrios como La Estrada, Atahualpa y Marco Fidel Suárez, según documentó el propio profesor Molano en este artículo. Durante la jornada, más de tres mil personas fueron detenidas y recluidas en el estadio El Campín y la Plaza de Toros.

De acuerdo con estos y otros investigadores, las élites y la Fuerza Pública percibieron el Paro Cívico como una importante amenaza que, junto a otras expresiones de descontento, debían ser reprimidas o neutralizadas. Un año después del Paro, el recién posesionado presidente Julio César Turbay expidió el Estatuto de Seguridad Nacional, con el que se recrudeció la persecución a la izquierda mediante la aplicación de estrategias legales e ilegales que constituyeron graves violaciones a los derechos humanos. Desde hacía varios años, el país vivía un Estado de Sitio casi permanente. 

Entre las organizaciones insurgentes de la época, algunas de las cuales contaban con incipientes estructuras urbanas, el Paro promovió la idea de que era necesario prepararse para desarrollar el conflicto en las ciudades. 

Para los jóvenes de los barrios de Bogotá con experiencias en la movilización, el Paro se convirtió en un referente. Durante la década de 1980 se creó y fortaleció un importante movimiento cívico en la ciudad, aun en medio de la represión estatal y la persecución de organizaciones ilegales de justicia privada. 

El profesor Torres explica que a partir del Paro Cívico se generaron “muchos trabajos de organización que serían novedosos respecto a las juntas de acción comunal, porque ya lo que los nucleaba no era conseguir el agua o la luz, sino que estaban inspirados incluso en una idea de izquierda más amplia y los temas eran otros: el comité, la biblioteca comunitaria, el centro de educación popular, demandas en torno a lo deportivo, lo cultural”. 

La movilización de 1977 también inspiró el desarrollo de varios paros cívicos regionales. Durante los años siguientes se convirtió en un hito de la movilización social en el país, estudiado con entusiasmo hasta el día de hoy. 
 
Memoria y presente

El 21 de noviembre de 2019, en Bogotá y otras ciudades del país se adelantó, con multitudinarias marchas, el Paro Nacional. A la movilización se vincularon sindicatos, barristas, estudiantes de universidades públicas; organizaciones feministas, indígenas, afrodescendientes, ambientalistas y culturales; personas sin militancia política, entre muchas otras, que salieron a las calles para protestar por un amplio repertorio de problemas. Algunos de ellos fueron la anunciada reforma laboral y pensional, la corrupción, el asesinato de líderes sociales, la represión y la falta de implementación del Acuerdo de Paz. 

Ese día y el siguiente se presentaron, además, protestas violentas en algunos barrios de Bogotá. Colectivos artísticos fueron allanados y se registraron múltiples hechos de brutalidad policial contra manifestantes e incluso contra trabajadores de los medios de comunicación.

Algunos analistas no vacilaron en leer lo que había ocurrido a luz del Paro Cívico de 1977. La cantidad de protestas ocurridas en los meses anteriores, su carácter urbano, la creatividad de los manifestantes, los estallidos de violencia y la represión que se desató en Bogotá fueron algunos elementos que trataron de ponerse en común. 

Desde la academia también se continúa investigando el Paro Cívico. En la Universidad Pedagógica Nacional, la estudiante Cindy Reyes investiga para su trabajo de grado las huellas de la memoria que dejó el Paro en el barrio Kennedy, particularmente en el colegio INEM, uno de cuyos estudiantes fue asesinado en las jornadas de 1977. 

Para ella es importante “reconocer lo que sucedió en ese momento, porque si eso se trae del pasado vemos que hay similitudes y, si entendemos que hay similitudes, podemos pensar en qué podemos hacer para cambiar esta realidad. Es mirar hacia al pasado pensando en el futuro, en plantear un futuro distinto, con justicia social”.

Tomado de pacifista.tv

jueves, 16 de febrero de 2017

Que se haga el busto de Camilo Torres

El Concejo de Bogotá ordenó en 1970 construir un busto de Camilo Torres Restrepo en su homenaje. "Puede ser un referente para la paz que está por construirse con el ELN", sostiene Antonio Sanguino


Por El Espectador

Se abre una posibilidad de que se haga cumplir el Acuerdo N° 22 de 1970, aprobado por el Concejo de Bogotá y a través del cual se ordenó construir en el barrio La Soledad un busto al sacerdote Camilo Torres Restrepo, sociólogo y miembro fundador de la guerrilla del ELN, para honrar su memoria.

Uno de ellos es Antonio Sanguino, desmovilizado del ELN y hoy concejal de Bogotá por la Alianza Verde, quien envió un derecho de petición al alcalde Enrique Peñalosa para preguntar por qué no se ha cumplido este mandato luego de 47 años.

“La figura de Camilo Torres Restrepo tiene todos los méritos para gozar del reconocimiento que le hizo el Concejo de Bogotá hace 47 años y ese acuerdo no lo pueden seguir desacatando, tanto por razones históricas como por razones legales. Por eso pedimos al alcalde que nos informe sobre el estado de cumplimiento del acuerdo y las decisiones que la administración tiene previstas para cumplirlo”, explicó el concejal.

Agregó que, de no existir planes para hacerlo, acudirá al Tribunal Administrativo de Cundinamarca para que los magistrados lo hagan cumplir, como lo disponen las normas legales del país y de la ciudad. “No estamos haciéndole un homenaje a la violencia. Camilo Torres puede ser un referente para la paz que está por construirse con el ELN”, anotó Sanguino.

Por su parte, el concejal Hollman Morris (Movimiento Progresistas) se sumará a esta cruzada, pues considera importante que se cumpla el acuerdo para reivindicar voces alternas a la memoria oficial de Bogotá. “Un principio de reconciliación es reconocer la memoria de todas las voces que desde diferentes sectores aportaron a la construcción del país. El legado del cura Camilo sigue vigente”, indicó.

Por su parte, el exconcejal Carlos Bula, uno de los impulsores del acuerdo hace 47 años durante su militancia en la Anapo (Alianza Nacional Popular), pide al Distrito que se le dé cumplimiento el acuerdo como un gesto para encontrar la paz en el país. “Nadie podrá negar que Camilo es símbolo puro de la juventud colombiana, juventud tantas veces frustrada en la realización de sus ideas y sus ideales”, concluyó Bula.

El sacerdote Camilo Torres Restrepo fue un personaje clave para la política colombiana en la década del sesenta y que representó el descontento de la juventud nacional con la exclusión política que produjo la instauración del Frente Nacional. Además, fue un reconocido investigador social, egresado de la Universidad Católica de Lovaina y fundador en Colombia del primer Departamento de Sociología junto al investigador Orlando Fals Borda.

Fue profesor y capellán de la Universidad Nacional y docente de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP). Además, realizó una amplia labor pastoral en las zonas marginales de la ciudad. Esta semana, que se cumplen 51 años de su muerte, en la capital se han realizado diversos eventos para resaltar su memoria, como el lanzamiento del libro "Camilo, entonces y ahora frente a creyentes y agnósticos" de Javier Giraldo.

viernes, 21 de octubre de 2016

Así fue el bautizo de la “Plaza Che Guevara”

El profesor Carlos Medina Gallego, en su novela “Al Calor del Tropel”, plasma la cotidianidad del movimiento estudiantil de los años 70. En uno de sus pasajes, narra cómo fue renombrada la plaza central de la Universidad Nacional de Colombia:


En los costados de la Plaza Francisco de Paula Santander, los estudiantes le maman gallo a su inmadurez y aburrimiento. Son algunos de los que bautizaron esa misma plaza “Che Guevara”.

No obstante, allá sobre el pedestal de concreto, como una venganza, el general los mira y se ríe, parece tener, a flor de labios, la frase célebre de “las armas nos dieron la independencia, las leyes nos darán la libertad”.

— “Una libertad que los estudiantes vemos cada día más lejos, más difícil de alcanzar porque el único presupuesto con que se cuenta para ello es el hambre, el analfabetismo, la insalubridad, el frío que produce la falta de vestido y vivienda. Y coma mierda, con eso nadie construye nada, ni una revolución porque se necesita además tener ideas”... había dicho Antonio una tarde sentado en uno de los costados de la plaza. Ese muchachito tierno que, apenas despuntando la vida, cambió la academia por la política, para convertirse, con el tiempo, en una carga de conciencia para aquellos que fueron sus amigos de conspiración, pero que no quisieron convertirse en sus compañeros de lucha...

— “Porque hermano, una cosa es trompiar acá con la policía y la otra es irse a mamar hambre al monte, nosotros no estamos para eso, hay cosas en las que uno no se debe meter y esa es una de ellas, acá uno tiene el merco y un cuarto donde arruncharse, allá se tiene a toda hora la repre a las espaldas...” aseguraba el santandereano una noche discutiendo en
residencias sobre cuál debía ser el papel del estudiante en el proceso de cambio social.

— Mire Antonio -le dijo- yo creo que uno cumple su papel acá a través de la denuncia y la agitación... el monte es para verracos, no para nosotros que somos unos habladores de mierda; que hacemos cosas para cumplir con nosotros mismos, pero hay veces que hasta una pedrea nos queda grande...

— Yo no estoy diciendo que nuestra participación en el proceso tenga que ser necesariamente en el monte, no. Nosotros podemos participar acá, desde la Universidad, pero hacerlo correctamente, creo que debemos pasar de la edad de piedra a la edad de la razón... hay que crear en la gente necesidad de organización, sentimientos de unidad...

— No hermanito... lo que pasa es que usted se nos está mamertiando.

— Pues si plantearse el problema de la organización es mamertiarse... me mamertié y listo.

Después de aquella noche nadie lo volvió a ver. Una tarde llego el negro hasta el sitio en que acostumbraba a reunirse el grupo: un árbol inmenso en una de las esquinas de la plaza. Allí, en torno a la sombra que producía, se sentaban a conversar; traía el periódico debajo del brazo y se le veía consternado; todos comenzaron a hacerle bromas que él pasó por alto, de repente dijo:

— Mataron a Antonio -y les entregó el periódico- los que nos mamertiamos fuimos nosotros, completó mientras miraba a Santander que parecía no importarle lo que sentía.

Días después llegó un Juglar a la plaza; traía el rostro pintado de color blanco y rosado, llevaba el overol con que acostumbraba trabajar, lo estudiantes comenzaron a acercarse al lugar que escogió para la función: una plataforma de concreto en mitad de la cual se levantaba el pedestal que sostenía el Santander de bronce; comenzó el espectáculo con un par de mimos que arrancaron carcajadas a los estudiantes... la plaza se fue llenando cada vez más.

La Mona descolgó la bocina, introdujo la moneda y marcó un número telefónico que tenía apuntado en un papel pequeño.

— Aló, ¿Automóvil Club de Colombia? Sí, miré señor, por qué no me hace un favor, me quedé varada acá en la autopista El Dorado, frente al ICA y no quiero dejar el carro por acá botado, porque está cerca a la Universidad y usted sabe cómo son los estudiantes. ¿Usted sería tan amable de mandarme una grúa para llevar el auto al taller?... sí, sí señor, claro que
estoy afiliada... ¿De verdad? ¡Ay! qué alegría, no sabe cuánto le agradezco, es usted muy amable... Sí, yo la espero... ¿Tarda mucho?... ¡Ah! bueno... muchas gracias, hasta luegüito... -Colgó la bocina y caminó dos cuadras hasta encontrar otra cabina telefónica y marcó un nuevo número.

— Aló... sí, mire señor, usted sería tan amable de enviarme una grúa a la calle 26 con carrera 40... sí, frente al ICA, bueno yo la espero, muchas gracias. -La Mona colgó el auricular y miro justo al frente de donde se encontraba; un pequeño grupo de estudiantes estaba sentado sobre el prado conversando animadamente; atravesó la calle y fue hasta ellos, al llegar al sitio comentó:

— En diez minutos deben estar llegando.

El juglar trepó al pedestal y se colocó sobre los hombros de Santander, sacó un pañuelo y se hizo el que lo sonaba, luego metió el dedo en la oreja y lo agitó como para remover la cera, mímicamente se dio a la tarea de llenar un tarro con la cera que supuestamente iba extrayendo de los oídos del General.

"Ahí viene", señaló la Mona. Los estudiantes se incorporaron; ella se adelantó para hacerle el pare; la grúa se detuvo y en cuestión de segundos el chofer se vio rodeado de estudiantes que le obligaron a abandonar el volante del carro con la amenaza de "armas" que insinuaban debajo de periódicos y chompas. Un estudiante tomó la cabrilla y condujo el vehículo con el conductor hasta el interior de la Universidad. En el momento que la grúa irrumpió en la plaza, el Juglar tenía de caballito a Santander. Los estudiantes reaccionaron sorprendidos al ver la grúa desplazarse sobre la plaza hasta localizarse cerca de la estatua. Un estudiante la envió un lazo al Juglar para que la amarrara, éste la ató por el cuello, y descendió del pedestal. El carro comenzó a halar. La cabeza de Santander, con leyes y todo, se vino al piso, pero el cuerpo quedó en el lugar en que se encontraba.

El juglar subió nuevamente y amarró las cadenas de la grúa a la cintura de Santander, el chofer tomó el mando del vehículo y comenzó a halar lentamente hasta que Santander se vino al suelo, “sáquenlo a la veintiséis”, gritaban los estudiantes, y así lo hicieron. Santander fue izado en el puente peatonal de la Universidad sobre la autopista El Dorado y la plaza dejo de llevar su nombre para llamarse “Che Guevara”.

*Fragmento del libro “Al calor del Tropel”, de Carlos Medina Gallego

viernes, 11 de marzo de 2016

Los Rolling Stones en Bogotá

La noche en que 45.000 personas sacaron la lengua con Rolling Stones. "Hola, rolos", dijo Mick Jagger en concierto en El Campín



Por Carlos Solano

“Se siente bien estar aquí... Se siente bien estar en cualquier parte”, celebró en broma Keith Richards al hablarle al público bogotano. Una forma de celebrar que sigue vivo, y que los Rolling Stones siguen ahí, en ese mundo que crearon de su propio rock and roll.

El concierto de la emblemática banda británica que se apoderó de la tarima dispuesta en el estadio El Campín, con un listado de sus mejores éxitos, en una cita que sus fanáticos colombianos habían soñado durante 50 años.

Una mezcla de niños, jóvenes, treintañeros y hasta sesentones acudieron al encuentro y en el ambiente se respiraba ansiedad, mientras en los camerinos esperaban Mick Jagger, Keith Richards, Ron Wood y Charlie Watts.

Segundos antes de que la banda saltara al escenario, las pantallas proyectaron un video con un mapa que reunía en un solo collage decenas de instantes de la historia de los Stones, pasando por cada una de sus carátulas y después se ubicaba en el mapa a Bogotá.



Luego de arrancar con Jumpin’ Jack Flash (inusual forma de comenzar con respecto al resto de la gira, solo lo hicieron así en otro concierto), Mick Jagger saludó al público y enseguida la banda prosiguió con otro clásico infaltable: It's Only Rock n’ Roll. Después vinieron unas palabras inesperadas: “Hola, Bogotá; hola, Colombia; hola, rolos”, pronunció en español el cantante antes de Tumbling Dice.

Desde la medianoche del miércoles, el grupo les pidió a sus fanáticos votar por una canción entre cuatro opciones, como la elegida para ser exclusiva de los colombianos. Su solicitud se fue sorpresivamente por un panorama muy especializado, contando así con que el público bogotano conociera todas sus canciones: estaban cuatro exponentes de su lado más country, como Sweet Virginia, Let It Bleed, Far Away Eyes y Dead Flowers.

Esta última canción fue la elegida por votación, y, para tocarla, Jagger tomó la guitarra acústica.

Luego vino la gran sorpresa: el cantante colombiano Juanes se les unió para tocar Beast of Burden en guitarra y voz, lo que puso a vibrar de la emoción al público.

Después vino Honky Tonk Women y, en una pausa, Jagger aprovechó para narrar que la agrupación visitó el emblemático Museo de Botero. “Comimos obleas, nos bajamos un aguardiente y nos dio guayabo, luego nos llevó un carro de policía al hotel”, contó, en un español muy practicado.

Luego, Richards tomó la guitarra acústica y el micrófono para cantar You Got the Silver, junto a Wood, y el concierto cobró otra dimensión.

Antes de comenzar Paint It Black, Jagger bromeó con el público, expresando: “La banda aporta a la economía de su país: Ronnie toma a diario ocho tazas de café colombiano”, y todos en El Campín rieron.

Pero la energía se elevó luego de ver a Jagger bailando. Sus movimientos se volvían con cada canción más exorbitantes y sorprendentes, como si la edad no fuera limitante.

Llegó entonces el turno de los solos, y Ron Wood se lució de forma impresionante en Midnight Rambler y Miss You, y Jagger seguía bailando.

Por algunos momentos, Richards se alejaba de las notas en la forma usual de las canciones tan conocidas por el público, lo que de alguna forma le agregaba un halo melancólico al concierto de una banda con un promedio de edades de 71 años.

Además, desfilaron canciones como Wild horses, Before They Make Me Run, Gimme Shelter, Sympathy for the Devil, Start Me Up y Brown Sugar, que trajeron todo lo mejor de la era brillante de la banda en los 60 y 70.

Pero luego vendría You Can't Always Get What You Want -con la compañía del Coro de la Universidad Javeriana, al que presentó Jagger- y Satisfaction para cerrar una noche que cumplió miles de sueños.

Cabe señalar que la apertura del evento la realizó la banda colombiana Diamante Eléctrico, quienes tocaron bajo una fuerte lluvia, la segunda después del que cayó en la tarde en la capital colombiana.

"Bogotá es del putas", de vuelta en su español, despidió Jagger la noche.

jueves, 25 de febrero de 2016

Centro Nariño: Ser vigente y moderno más allá de los 50

Por Periódico EnlaC



En el tránsito hacia el occidente de Bogotá y cuando nos dirigimos a una de las múltiples actividades de Corferias, desde la Avenida de las Américas se aprecia una especie de oasis urbano en el cual se asoman por tramos intermitentes, camuflados detrás del follaje y la vegetación una serie de edificios altos, una iglesia, unos bloques bajos y luego nuevamente edificaciones altas en ladrillo y piedra, con una geometría tan racional y ordenada que si se tratara de una primera visita al recinto ferial, llamaría la atención el conjunto urbano por su equilibrada modernidad.

Sin embargo, al hacer memoria se cae en cuenta de que el conjunto urbano siempre ha estado allí, con una lozana vigencia arquitectónica que plantea un interrogante para legos y profanos sobre su verdadera edad arquitectónica, especialmente cuando se lee en el muro que se encuentra frente al área de ingreso a Corferias: “Centro Urbano Antonio Nariño, Monumento Nacional”.

Para empezar a comprender esta sensación de permanencia serena, austera y casi solemne, vale la pena recordar algunos antecedentes que ponen de relieve la iniciativa y los escollos naturales que afrontaron quienes prefiguraron esta visión perdurable de futuro, a pesar de los obstáculos iniciales de este notable emprendimiento arquitectónico que se erige hoy en el paisaje como un hito urbano del Distrito Capital y a la vez un ícono de la historia de la arquitectura moderna en Colombia.

Al CUAN, lo precede la construcción del barrio Acevedo Tejada, colindante en su momento con la antigua línea del ferrocarril de norte y del nordeste, cuando todavía El Recuerdo era apenas una finca próxima a los terrenos del ejido de Bogotá.

En esta misma zona rural y suburbana se eligió un gran lote como recurso para estimular el desarrollo hacia el centro-occidente, y al mismo tiempo mitigar la tendencia de desarrollo norte-sur paralela a los cerros, a partir de la construcción de la Ciudad Universitaria, desarrollada  bajo la administración del gobierno de Alfonso López Pumarejo, cuando se compró un terreno de 130 hectáreas del predio El Salitre, en lo que para entonces era considerado las afueras de Bogotá, a una distancia aproximada de 500 metros del sector de Teusaquillo, en un predio aledaño a la carrilera del ferrocarril. Para reforzar la necesaria tendencia de crecimiento hacia el occidente, el concejo municipal aprobó el Acuerdo 21 de 1944 que reglamentó el uso y zonas urbanizables y definiría el área de lo que sería posteriormente el futuro desarrollo del CUAN y Corferias como zona de uso mixto (vivienda, comercio y servicios).

El proceso de crecimiento se fue consolidando cuando en el año 1948 se construye la Avenida de las Américas, en ocasión de la celebración de la Conferencia Panamericana. El desarrollo esta amplia avenida permitía conectar el centro de la ciudad con el hoy desaparecido Aeródromo de Techo.

El Bogotazo y la reacción popular ante el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán revelan los problemas derivados de la densificación del tejido urbano central y la creciente urbanización espontánea, que con los efectos de los disturbios deterioraron la ciudad física, social e institucionalmente, estimulando la intención de mitigar la concentración de actividades en la zona central, devastada por los acontecimientos posteriores al Nueve de Abril.

Para la década de los cincuenta, los constructores y urbanizadores responden a las señales de la planificación urbana municipal al continuar el desarrollo de los barrios Acevedo Tejada, Gran América, El Recuerdo y Quinta Paredes.

En este contexto, en medio de una gran área verde, emerge en el perfil de la ciudad una serie de construcciones bajas, medias y cada vez más altas, situación que despierta el asombro y la admiración así como la resistencia de algunos escépticos adversos a los cambios que planteaba el espíritu de la modernidad considerando el nuevo desarrollo una amenaza para la sociedad.

Las nuevas ideas urbanísticas y arquitectónicas tienen su correspondiente soporte político, que sería objeto de críticas aparentemente técnicas: “el suelo de la sabana de Bogotá no soporta edificaciones tan altas y pesadas” y: “El nuevo Centro Urbano Antonio Nariño es un atentado contra la moral y las buenas costumbres” porque con la concentración en bloque multifamiliares en altura se estimularía la promiscuidad de sus habitantes, así mismo no faltaría quienes se opusieran a este nuevo tipo de desarrollo arquitectónico arguyendo que se les estaban vendiendo “casas en el aire” a la población objetivo del proyecto.

El escritor Rogelio Iriarte Martínez, residente y conocedor de la historia del CUAN afirmaba en una entrevista periodística que “antes corría el rumor de que los edificios altos no se podían sostener en pie por mucho tiempo, situación que hizo más difícil la venta de los apartamentos” ya que según Iriarte en ésta época no se consideraba “un buen negocio comprar una vivienda sin lote”[1a]

Sin embargo, el desarrollo de este conjunto residencial, pionero en el urbanismo y la arquitectura residencial del movimiento moderno fue recibido por los sectores académicos y profesionales más sensatos con optimismo y como un síntoma de evolución de las ideas, afiliación a la arquitectura moderna, progreso económico y desarrollo urbano.

Según historiadores de la arquitectura “El Centro Urbano Antonio Nariño es el “primer proyecto de vivienda multifamiliar en altura que funcionó bajo el sistema de propiedad horizontal. Impuso su propia estructura urbana: una supermanzana con amplias y novedosas zonas verdes, una gran red peatonal y gigantescos bloques sueltos de vivienda en una considerable zona comunal (un esquema de ciudad dentro de la misma ciudad).”

Los prejuicios sobre las edificaciones en altura remiten a los imaginarios de la época, como reacción frente a la novedad de lo que para entonces era considerado un alarde constructivo, en su momento replanteaba y representaba una propuesta innovadora, ya que el CUAN sería el conjunto habitacional de mayor escala del país.

De esta manera, el CUAN sirvió como observatorio de desarrollo para un modelo de vivienda económica. Inicialmente, los apartamentos fueron arrendados, para explorar como se adaptarían los usuarios a este tipo de vivienda. Existía curiosidad sobre el posible desarraigo que podría generar la altura, su efecto sobre la vida en comunidad, problemas de seguridad y otros relacionados con las áreas comunes, sin embargo, al cabo de pocos años de ocupación se consolidó como toda una unidad sociocultural, con un ambiente especial de acuerdo a sus singulares condiciones paisajísticas, ambientales, dotacionales y de infraestructura que le permitían a sus habitantes no solo disfrutar de sus servicios internos sino de la conectividad vial circundante, ya que resultaba expedito trasladarse a los lugares de trabajo, hacia el centro principalmente, y a sitios de estudio, gracias a la proximidad con la Universidad Nacional.

El CUAN posee el mismo espíritu de la arquitectura moderna que inspiró la Unidad habitacional de Marsella (Francia) y bajo los conceptos de los Congresos Mundiales de Arquitectura Moderna, con principios tales como la concentración de unidades en bloques residenciales en medio de un predio mayor, con amplios espacios para el comercio, la recreación pasiva y activa, el deporte, la enseñanza, el culto. Estos preceptos inspiraron la propuesta de diseño elaborada por la firma de jóvenes (entonces) arquitectos de Rafael Esguerra, Enrique García Merlano, Daniel Suárez, Juan Meléndez y Néstor Gutiérrez.

Según la valoración oficial de La Dirección de Patrimonio del Ministerio de Cultura:

“El conjunto fue pionero a nivel constructivo, sus materiales, estructura y técnica, eran consideradas revolucionarias en ese momento, en la búsqueda de satisfacer los requerimientos de un proyecto de estas características, la construcción se elevó gracias a un sistema de estructura portante de vigas y columnas en concreto armado, las placas de entrepiso fueron montadas en una estructura reticular celulada en concreto armado.”[1b] Situación que igualmente generó contradictores argumentando riesgos constructivos.

Existe en el imaginario local la conciencia de la incidencia de los principios de los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM) y de Le Corbusier en la propuesta de diseño del proyecto; para 2008, Marina Stark, quien desde entonces es administradora del CUAN, señalaba que muchos bogotanos que transitaban el sector no sabían “que el Centro Urbano Antonio Nariño es considerado una joya arquitectónica”, porque sus diseños siguen al pie de la letra las teorías del suizo Charles Edouard Jeanneret-Gris (Le Corbusier) considerado el padre de la arquitectura y el urbanismo moderno”[2].  Así mismo agregaba que “tampoco saben que el Centro Urbano Antonio Nariño es una copia exacta del conjunto residencial Tusschendijken, que existió en la década del 50 en Rotterdam, Holanda”.

“Por eso el CUAN se ha convertido en un ejemplo singular en Colombia de desarrollos de vivienda de alta densidad, de gran impacto urbano, que conserva intactos la totalidad de sus valores patrimoniales, en especial su autenticidad para estudios y especialistas se constituye en un claro y quizá mejor ejemplo del urbanismo moderno en Colombia”[3],

La forma o morfología del Bien de Interés Cultural BIC ha sido descrita por historiadores como Silvia Arango, Carlos Niño, Alberto Saldarriaga y por  la resolución de la declaratoria en donde se subraya el repertorio formal esencial del conjunto, gracias a un lenguaje moderno muy definido, donde se identifican claramente elementos típicos como la planta libre en la mayor parte de los edificios, la austeridad en sus fachadas, los volúmenes esbeltos y el manejo de condiciones ambientales como determinantes de diseño, específicamente para la asoleación, la complementación de usos, donde se desarrolla una completa infraestructura de vivienda y de servicios, logrando el ideal de autosostenibilidad.

Al día de hoy, el conjunto mantiene, gracias a sus residentes, sus características estéticas, tanto morfológicas como tipológicas iniciales, hecho que destaca el grado de apropiación de sus residentes y su declaratoria como patrimonio inmueble.

Como herramienta documental vale la pena traer a cuento algunos de los más destacables criterios que la dirección de patrimonio subrayó para someter a consideración del Consejo de Patrimonio Nacional los valores culturales del conjunto: “en donde al concepto de crear nueva ciudad, brindó calidad de vida. Adicionalmente, se da inicio a la venta de propiedad horizontal a gran escala.”[4]

Sin embargo, según uno de sus más antiguos residentes, Hipólito Hincapié “en 1958 no había opción de compra.  Y para arrendar un apartamento, el Instituto de Crédito Territorial (ICT) enviaba funcionarios a las casas de los aspirantes a evaluar si éramos o no dignos de vivir aquí”. Sólo hasta 1960 se les permitió a los arrendatarios adquirir los apartamentos con un esquema financiero e inmobiliario muy estimulante porque a quienes llevaban algún tiempo de vivir en el conjunto se les abonaba el pago de los arriendos anteriores como cuota inicial.

Hoy, en razón del alto grado de apropiación de su hábitat y a las interacciones sociales y culturales que su disposición urbana y calidad de vida propician puede considerarse como una unidad sociocultural comparable, en la construcción de su tejido social, a un barrio tradicional de un Centro Histórico Patrimonial.

En relación con el valor simbólico del CUAN, representa, dentro del imaginario colectivo un ícono de la modernidad, tanto para sus residentes como para los aficionados a la arquitectura, en su condición de referente de una manera innovadora y distinta de disponer, componer, diseñar y construir aún hoy en día, un conjunto habitacional en altura respecto al entorno urbano en el que se implanta: “Para la historia de la arquitectura en Colombia el CUAN representa el ejemplo más significativo del urbanismo moderno, cuyo origen se centra especialmente en Europa a través de los postulados de los CIAM y Le Corbusier, principalmente.”[5]

Por lo tanto, el acta de declaratoria señala de manera concluyente que “para dar cumplimiento al artículo 8 de la Ley 397 de 1997, la Dirección de Patrimonio presentó a consideración del Consejo de Monumentos Nacionales (hoy Consejo Nacional de Patrimonio) el estudio de solicitud de declaratoria como Bien de Interés Cultural de Carácter Nacional de El Centro Urbano Antonio Nariño, según consta en Acta No. 07 de 15 de diciembre de 2000 y al verificar que posee valores propios de constitución, de autenticidad, de originalidad, formales y estéticos y representatividad histórica y cultural, decidió emitir concepto favorable y recomendar a la señora Ministra de Cultura su declaratoria de acuerdo a la solicitud.”[6]

A manera de reflexión quedan múltiples lecciones sobre las reacciones frente a nuevas intervenciones en un contexto dinámico y cambiante en donde tres hitos urbanos, dos patrimoniales como El CUAN y La Universidad Nacional y otro no patrimonial como Corferias contribuyeron con sus respectivos usos y vitalidad urbana a fomentar la consolidación del desarrollo urbano de este importante sector de la ciudad.

Asimismo y atendiendo el proverbio oriental “solo permanece lo que cambia” es decir, lo que tiene la capacidad de adaptarse a nuevas situaciones históricas, sociales y culturales, cada uno de estos ejemplares se prepara frente al futuro. El CUAN, predominantemente habitacional en su vocación de permanencia, la Universidad Nacional en su compromiso como referente de calidad educativa afronta el reto de atender una mayor demanda cuantitativa de estudiantes, y el recinto ferial en su labor para impulsar el fomento al desarrollo económico con compromiso social.

En la actualidad, luego de colocar en perspectiva las afirmaciones de detractores que en su momento señalaban el proyecto como un atentado a la moral, hoy los vecinos destacan orgullosamente que después de cinco décadas la mayoría de residentes permanecen en el conjunto “y aquí seguiremos porque es el mejor vividero del mundo”.

Parecen haber quedado atrás los argumentos y las prevenciones frente a propuestas nuevas en las cuales existe el compromiso por conservar, adaptar y mantener el patrimonio, así como para generar nuevos íconos urbanos que a futuro se erijan como manifestaciones de nuestra época, para enriquecer el legado patrimonial del presente.

Notas:

 [1a] Fuente: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-4526657

[1b] Resolución Número 0965 de 2001 ‘Por la cual se declara como Bien de Interés Cultural de Carácter Nacional El Centro Urbano Antonio Nariño, localizado entre la carrera 40, la calle 22F, la carrera 36, la Avenida de las Américas y la Avenida de la Esperanza (diagonal 22B), Zona 13, Localidad de Teusaquillo de Bogotá, D C.”

[2] Fuente: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-4526657

[3] Resolución Número 0965 de 2001 ‘Por la cual se declara como Bien de Interés Cultural de Carácter Nacional El Centro Urbano Antonio Nariño, localizado entre la carrera 40, la calle 22F, la carrera 36, la Avenida de las Américas y la Avenida de la Esperanza (diagonal 22B), Zona 13, Localidad de Teusaquillo de Bogotá, D C.”

[4] Resolución Número 0965 de 2001 ‘Por la cual se declara como Bien de Interés Cultural de Carácter Nacional El Centro Urbano Antonio Nariño, localizado entre la carrera 40, la calle 22F, la carrera 36, la Avenida de las Américas y la Avenida de la Esperanza (diagonal 22B), Zona 13, Localidad de Teusaquillo de Bogotá, D C.”

6 Idem

7 Idem

jueves, 7 de mayo de 2015

Bogotá vive del café...

Crónica publicada originalmente con el antetítulo "El café, sangre del organismo ciudadano" y bajo el título "Bogotá, ciudad que vive del tinto"


Por José Joaquín Jiménez

Formal e informalmente, Bogotá vive del café. El tinto, el pocillo de tinto es un instrumento de comercio social tan eficaz entre nosotros, como la «pipa de la amistad», entre los antiguos pieles rojas. Nada se hace aquí sin café. El negocio, el plan político, la charla insustancial, la meditación, el ensueño, hasta el mismo silencio, están manejados por el tinto. Puede decirse que el café tinto es la sangre que alienta en el noble corazón de la ciudad.

El cafetín es un universo pequeñuelo. Alrededor de las mesillas, los poetas piedracielistas cazan porciones de humo para la factura de sus poemas. El doctor Campuzano Márquez, en aquel rincón solitario, mira a la vida que pasa, ruidosa, soleada, bullanguera. El estudiante descifra el sólido misterio de las matemáticas o descubre la maravilla universal de la biología. El político hace un recuento de votos, medita discursos y cata la efectividad de la curul, puestos los ojos en ese círculo oscuro, húmedo, brillante, como la pupila de un buey manso, que es el pocillo.

El negociante calcula; ejecuta el juego del alza y de la baja, intuye el trato afortunado y la transacción remunerativa. El filósofo palpa la conveniencia de otorgarle a la risa una calidad espiritual, separándola de la vulgaridad glandular del llanto. El reportero olfatea el suceso, la noticia, el acaecimiento interesante. El suicida presunto calla el fracaso de su existencia y el joven optimista levanta la fábrica azul del porvenir, ingiriendo, con delectación y entusiasmo, un sorbo de café.

También en las noches, cuando la calma tenebrosa se apodera de la ciudad, el café tinto, contenido en termos, va, de las manos de los vendedores ambulantes, por las calles y plazas. El policial, en turno de vigilancia, compra un pocillo y, bajo el palio del cielo, lo consume, sintiendo que la deliciosa bebida lo libra de la mortificante enemistad del sereno y lo multiplica en la sutileza necesaria para, en ese sujeto apostado frente a la vitrina, ver al Patón Vélez, al Resbaloso, al Mediabola o a cualquiera otro de esos rufianes que gustan de apoderarse de lo ajeno.

Los funcionarios del juzgado permanente, cobran ánimo y fuerzas tomando tinto, para irse allá, al arrabal, y levantar el cadáver del hampón asesinado, sobre cuyo cuerpo rígido revolotean las moscas de la alcantarilla vecina. El funcionario de la corte suprema, en tanto que analiza, con severo criterio, la razón que asiste a las partes de un pleito tan sonado como el de San Bartolomé, toma un sorbo de tinto, cuyo sabor le lleva al paladar y, por ese conducto, a la mente, la sensación misma de la patria. El cajero, que es un masoquista del tacto, recurre al café tinto, y en él halla un confortativo que lo devuelve a la realidad de su honrada posición, muy vulnerable ante esa estulta acometida de los fajos de billetes de banco. El limpiabotas, artífice de la elegancia y moderno factótum de la hipocresía, encuentra en el tinto aquella agilidad de discernimiento que lo mueve a hallar cierta similitud entre el oficio suyo y el oficio del herrero. El virtuoso, que maneja con igual propiedad la voz armoniosa de su violín, en la misa de réquiem, en la nupcial ceremonia o en el baile, busca en el café el tónico indispensable para soportar tan aciaga mistificación de su arte. El comentarista que infla al cacique y le adosa el falso ingenio de tres o cuatro frases inteligentes, acude al tinto, dolido del engaño que efectúa y del mal que esto le causa a la patria. Todos aquí, blancos, jóvenes, damas, damos, tomamos café...

Pero hay una inaguantable amistad, una insoportable convivencia entre el café, nuestro café, el más suave y delicioso del mundo, y ciertos frutos tropicales, por cuya causa nosotros, los colombianos, los bogotanos, bebemos como café tinto una pócima deletérea, venenosa y horrible.

¿Qué parentesco existe, por ejemplo, entre el haba, "planta de la familia de las leguminosas, de semilla comestible", y el cafeto, árbol rubiáceo, cuya semilla es el café? Ninguna. Apenas los dos ejemplares pertenecen al reino vegetal. El haba fue usada por nuestros antepasados, los chibchas, para aderezar su principal alimento: la mazamorra. No tuvo, pues, el haba vil, el origen ilustre del café, que se remonta a la más vetusta antigüedad de la felice Arabia y, sin embargo, hoy su harina anda mezclada al café en esta patria. El maíz tampoco tiene nada que ver con el café. La achicoria, tampoco. y habréis de saber que la achicoria pertenece a un género de plantas compuestas que comprende varias especies comestibles, v. gr., "la barba de capuchino es una especie de achicoria"... El trigo, mesmamente, tampoco.

Pues en ese pocillo de café, que la chica de nuestro cafetín predilecto nos sirve, acompañado de una sonrisa que publica el blanco milagro de la dentadura, hay haba, maíz, achicoria, trigo y otros componentes, amén del propio café.

Esta mezcolanza y reunión de la infusión que resulta de la harina tostada de tan diversas semillas, recibe entre nosotros el nombre de "tinto". Si el haba predomina en la mezcla, el "tinto" nuestro tendrá una color oscura, tornasolada, y un gusto arenoso, harinoso. Si predomina la achicoria, el color del tinto será levemente morado y su sabor muy semejante al de las "ibias", chuguas, nabos y otras pepas que se usan en los cocidos campesinos. Si maíz, el tinto tendrá gusto de arepa, que es el gusto más disgustador que pueda gustarse. Si trigo, tendrá sabor de pan sin levadura o ácimo, que comían los hebreos cuando ayunaban y que le inspiraron al poeta Reholló del Castillo sus versos perínclitos:

" y si os latieren de la envidia canes,
no los volváis a ver; tiradles panes".

A más de lo sucintamente anotado, relativo a la ninguna fidedignidad del "tinto", que nosotros consumimos, debe decirse que la casi absoluta carencia de aseo y la escogencia de las peores calidades del grano, de la semilla del cafeto, para el consumo interior, producen una realidad incuestionable, a saber: que Colombia, país en donde se produce el mejor café suave del mundo, es, a la vez, en donde se les expende a los aficionados, el café más malo del universo.

Pues si no fuera sino la adulteración de la materia prima, ya hasta se podría soportar ese abuso que se hace de la buena fe de los consumidores. Pero, aunque nos dieran infusión de café legítimo, no se solucionaría nada. Hay que ver cómo se prepara el "tinto" en los más de los cafetines. El "café" molido, se guarda en recipientes sucios. No se tiene, al tostarlo, el cuidado de evitar que se queme. Los pocillos en que se sirve, usan una gruesa costra de mugre. Si una libra de café molido da, según los cálculos de los técnicos, ochenta pocillos de "tinto", en el cafetín se le exprime y trabaja, para que produzca ciento ochenta, hasta el punto en que el café molido ofrezca esa palidez sospechosa que muestran los adolescentes aficionados a la lectura de1ardiel Poncela. Consumir una taza de tinto, en ciertos establecimientos, implica la negación de las más elementales nociones de pulcritud personal. La chica que os sirve tendrá las manos sucias; las uñas de sus dedos serán la edición quíntuple de una tarjetita de luto; la azucarera será una vasija de aluminio maltratado, por donde andan numerosas moscas brincantes; si os acodáis sobre la mesa, arruinaréis las mangas del saco. En resumen, todo parece conjurarse para evitar que la función de ingerir tinto reúna aquellas circunstancias de universal deleite que debiera tener.

Se ha dicho que el café, el café tinto, es la sangre que circula en el organismo ciudadano. Con la sangre dañada, nada funciona bien. La campaña que ahora se adelanta para obtener que al público colombiano se le expenda "café de café", tiene una importancia terapéutica.

Limpia, sana, la sangre va jubilosa por las venas; la vida es alegría; alegre lucha, amor, victoria y optimismo.

*Publicado en El Tiempo el 25 de febrero de 1941

jueves, 29 de agosto de 2013

Paro agrario en Bogotá: Remember septiembre de 1977

Por Horacio Duque Giraldo

Con el día de hoy, Bogotá, la Sabana y los alrededores de la Capital han vivido una intenso y explosivo tramo del levantamiento popular vigente desde el 19 de agosto a raíz de la convocatoria de un paro agrario nacional.


La revuelta incluye acciones populares de mucha envergadura en Zipaquira, Facatativa, Mosquera, Funza, Fusagasuga y Pasca. En estos municipios del conurbano capitalino la multitud ha ocupado el espacio público para dejar sentir su furia e indignación contra la situación de pobreza y la arbitrariedad de los aparatos policiales del gobierno.

En Fusagasuga, han sido asesinadas varias personas. Entre ellas un estudiante dado que allí la inconformidad se ha focalizado en las irregularidades que se dan en la Universidad de Cundinamarca, regentada por un personaje corrupto y clientelista, el señor Adolfo Polo Solano, una ficha de las descompuestas roscas de los directorios oficialistas cundinamarqueses. Polo es un delincuente de cuello blanco que lleva varios años apropiándose de los dineros públicos de dicho centro docente, mediante contratos fraudulentos. Dineros que le han permitido comprar lujosas propiedades en España y La Florida.

La revuelta popular se ha trasladado hasta las goteras de Bogotá y ayer presenciamos acciones potentisimas en Bosa, La Calera y en la populosa Ciudad Bolívar, donde miles de jóvenes desempleados y en la marginalidad, se empeñaron a fondo contra los piquetes policiales acostumbrados al atropello y la violencia en contubernio con las bandas paramilitares que se mueven como Pedro por su casa en los barrios del sur bogotano.

Los camioneros bloquearon la Avenida Boyacá y la vía a La Calera, donde actuaron de manera mancomunada con los labriegos de la región.

Los campesinos del Páramo de Sumapaz bajaron en masa hasta la Localidad de Usme y han cerrado las rutas de acceso para visibilizar sus problemas y demandas ante el gobierno nacional.

Hoy, cerca de 100 mil personas se han movilizado por las calles de la ciudad capital y han sobrevenido los enfrentamientos, en una batalla campal que es como la madre de todas contiendas sociales.

Lo que me trae a la memoria lo que fue el histórico Paro Cívico del 14 de septiembre de 1977, que puso a temblar la ciudad y el gobierno de Alfonso López Michelsen, colocado al borde del derrumbe sino es por la intervención de los militares fascistas que ensangrentaron la ciudad con asesinatos, desparecidos, torturados y encarcelados.

Lo de hoy 29 de agosto en Bogotá es como un remember del glorioso 14 de septiembre de 1977 con su descomunal paro cívico y popular.

Sigue la lucha y el señor Santos pone piel de oveja dizque porque atraviesa la tormenta y los tormentos. Aun así continua en su maniobra para dividir la huelga, desconociendo los campesinos de la periferia mientras caramelea los de Boyaca, Cundinamarca, Cauca Y Nariño, con pañitos de agua tibia y eliminación de aranceles. Pero sigue en el uso del diagrama policial de control que incluye ESMAD, la Ley de Seguridad ciudadana y los montajes judiciales de la Fiscalia con el sindicato de testigos falsos.

Nota 1. En el centro del Valle, Tulua, Buga, San Pedro y Palmira hacen presencia centenares de campesinos que han llegado desde la cordillera de Barragán a unirse al paro. Nuestro apoyo.

Nota 2. En Santander el paro esta en Berlin y los campesinos bloquean la carretera entre Bucaramanga y Cucuta. Los labriegos de Soto Norte, de Tona, California y Vetas han organizado un bloqueo a la altura de la población de Berlin. Los estudiantes de Barrancabermeja estan apostados en la carretera que lleva a Bucaramanga y los obreros de la USO han decretado un paro en respaldo de los campesinos.

Nota 3. Ojala se pudra en los calabozos del régimen el parapolitico Luis Alfredo Ramos, dizque candidato presidencial de Uribe Velez, socio del Tuso, de Ivan Roberto Duque y de otras fichas asesinas de las autodefensas. El señor es el artífice de un espantoso saqueo de la gobernación de Antioquia, que Sergio Fajardo, el actual gobernador denuncio en el libro blanco de Antioquia publicado en febrero del 2012.

lunes, 6 de agosto de 2012

Himno de Bogotá



Letra de Pedro Medina Avendaño; Música de Roberto Pineda Duque. Oficializado mediante el decreto 1000 de 1974.

martes, 20 de marzo de 2012

Alfonso Cañón: el mejor futbolista bogotano de la historia


Alfono Cañón, "El Maestrico", el más grande de la historia de Santa Fe y del fútbol bogotano. Jugó 504 partidos con la camiseta cardenal, con la que anotó 146 goles y ganó tres campeonatos (1966, 1971 y 1975).

lunes, 3 de octubre de 2011

Así se vivía el clásico capitalino

Fidel Cano, director de El Espectador, e hincha irredimible de Santa Fe, hace un recorrido por los clásicos de antaño del ‘León’, un viaje a la memoria de tiempos mejores para el fútbol.



Me hizo hincha del Santa Fe un título, pero soy un hincha sin títulos. Diez años tenía en aquel diciembre de 1975 cuando el equipo aquel del Pancho Hormazábal dio la vuelta olímpica en Medellín. Pero nunca había ido al estadio y en ese entonces no había transmisión por televisión. La primera vez que vi jugar al León fue al año siguiente, ya en la disputa de la Copa Libertadores. Y era un clásico. Qué días aquellos en que Santa Fe era el campeón y Millonarios el subcampeón. Ganó el Santa Fe, Sarnari hizo el gol. Desde entonces supe lo que era un clásico.

No recuerdo mucho de los de aquellos años. Willington Ortiz jugaba en Millonarios y el ‘Chato’ Velásquez casi siempre los pitaba. Ahí comenzó mi relación imposible con los árbitros, pues clásico tras clásico el viejo Willy entraba al área, caía, y había un penalti contra Santa Fe. A mí me parecía que todos eran unos regalos siempre. Y en la tribuna me enfurecía, gritaba, insultaba, me enemistaba con los aficionados azules que me rodeaban. Al final nos dábamos un abrazo y reíamos, ganara quien ganara.

Hoy acepto que la injusticia –que sigo creyendo real— con los penaltis al piscinero Willy tenía también que ver con la física. Willington era un chiquitín extremadamente hábil, regateador y veloz que en aquel entonces jugaba como puntero derecho neto. Nuestro marcador por ese costado era el buen “Cachaco” Rodríguez, que tenía una barriga “cervecera” que le impedía voltearse a tiempo cuando Willington ya había hecho el quiebre y entraba al área o levantaba el centro para otros tremendos jugadores azules, el “Ringo” Converti, Morón, Irigoyen... Se sufría mucho, pero sí, de sufrirlos tanto uno terminaba admirando a los ídolos azules casi como si fueran rojos. Eran otras épocas.

El mejor gol que recuerde en un clásico, de hecho, se lo vi a Converti. Se lo hizo a Luis Jerónimo López, nuestro gran arquero argentino. Era una noche fría. Y más frío quedamos los hinchas cardenales cuando Willington levantó el centro y Converti, de espaldas al arco y desde fuera del área, se levantó en el aire y metió una chilena fenomenal para golpear el balón seco y fuerte y meterlo arriba cerca del paral de Luis Jerónimo. Todavía hoy no sé por qué lo anularon, creo que por falta. Igual esa noche nos ganaron.

Llego hasta acá y me doy cuenta de que he hablado de los jugadores de Millonarios que tanto me hicieron sufrir y poco de los rojos que tantas dichas me dieron, que hicieron que el amor al rojo nunca se perdiera a pesar de esta sed de títulos. Pero no, ver a Ernesto Díaz arrancar por la banda, llegar a la raya final, levantar el centro y que Pandolfi llegara siempre a cabecear era un placer celestial. O al “Caneca” Tévez y al “Bimbo” Viáfara poniendo orden en el mediocampo. No he visto después a nadie parar el balón en su pecho como lo hacía el “caneca”. No me tocó mucho Cañón; llegó en el Santa Fe hasta el 75 y ya después me vino a tocar verlo en su regreso con el América. Pero estaba Céspedes, que era un jugador insoportablemente frío, pero tenía una virtud inmejorable: a Millonarios casi siempre le hacía daño.

Los clásicos luego de esas épocas cuando los equipos bogotanos eran grandes, y no solo por ser buenos equipos sino también por ser instituciones sanas, nunca volvieron a ser lo mismo. Años después fueron un asco, incluso. Después de esos, nunca volví.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Los mejores del mundo en El Campín

Santa Fe vs. Santos


En la foto: Pelé, capitán del Santos de Brasil; el chileno Mario Canessa, árbitro central del encuentro; y el yugoslavo Dragoslav Sekularac, capitán y figura del "Expreso Rojo". Retrato protocolario previo al partido.

sábado, 6 de agosto de 2011

El blues del bus


Canción de 1973. Composición de Jaime Córdoba para la Banda Nueva, registrada en su único disco, "La gran feria", y rescatada con motivo de la exposición Bogotá Retroactiva.

viernes, 24 de septiembre de 2010

El paro cívico nacional del 14 de septiembre de 1977

Por Centro de Memoria, Paz y Reconciliación

Hace 33 años Colombia, y en especial Bogotá, presenciaron una de las jornadas sociales más violentas de su historia reciente, que incluso algunos historiadores comparan con un pequeño 9 de abril con decenas de muertos en las calles de Bogotá. Memoria.


Ese día tuvo lugar el paro cívico nacional convocado por todas las centrales sindicales de entonces, la Confederación de Trabajadores de Colombia CTC, La Unión de Trabajadores de Colombia UTC, la Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia CSTC y la Confederación General de Trabajadores CGT.

Las confederaciones, tras semanas de conversaciones, logaron unificarse y presentar un pliego al gobierno del presidente liberal Alfonso López Michelsen. Era algo casi impensable meses atrás, pues las cuatro organizaciones que agrupaban a la totalidad del movimiento sindical, más de un millón doscientos mil afiliados, obedecían a doctrinas distintas.

La UTC estaba bajo la influencia del partido conservador, la CSTC, la controlaban los comunistas, la CGT, los demócratas cristianos y la CTC, el partido liberal.

Las dos primeras ya no existen, siendo la CSTC cabeza fundacional de la CUT.

Solo la angustiante situación económica de los trabajadores y la profunda crisis que vivía el país, actuaron de detonantes de la una unidad bien esquiva por años de los sectores obreros.

Según el historiado Médofilo Medina, la apertura hacia el comercio exterior, y la adopción de medidas encaminadas a incentivar la expansión del capital financiero, con la consiguiente elevación de las tasas de interés, condujeron a una elevación de los precios y a un salto del nivel tradicional de la inflación, que alcanzó tasas del 27% a finales de los años setenta.

Sobre ese telón de fondo, añade, se presenta la evolución de las posiciones sindicales. La gama de reivindicaciones se va ampliando. Al lado del tema de la defensa del salario, el desempleo atrae la atención del sindicalismo.

Aparecen consignas como la de la reducción de la jornada de trabajo. Cobran nueva forma las exigencias de control de precios (CTC), establecimiento de puestos de abastecimiento de productos agrícolas (UTC), creación de organismos de control de precios (CSTC), etc.

Los dos puntos iniciales del pliego de peticiones del paro cívico nacional de septiembre de 1977 no sólo identificaron las reivindicaciones más unánimes de aquella jornada sino el espacio de convergencia de las diversas corrientes del sindicalismo.

Esos puntos fueron: aumento de sueldos y salarios en un 50% y congelación de los precios de artículos de primera necesidad y de las tarifas de servicios públicos.

Tras varios intentos de las partes, el gobierno y las centrales, por llegar a un acuerdo que permitiera desmontar el paro, éste , ante la intransigencia oficial, estalló en todo el país el 14 de septiembre de 1977.

El gobierno de López Michelsen acudió de inmediato al expediente represivo, instaurando medidas de choque policial y militarización total de todas las grandes capitales.

Bogotá vivió ese 14 una de las jornadas más críticas con decenas de miles de personas en las calles manifestándose pacíficamente, especialmente en el centro y en los más populosos barrios como Kennedy, Bosa, Quiroga, y todo el sur.

No se movió un solo bus y cerró todo el comercio mientras prácticamente ninguna factoría abrió sus puertas. Las vías férreas de Bogotá fueron obstruidas por enfurecidos trabajadores que impedían así el paso de los trenes dispuestos para movilizar a los ciudadanos.

Las cifras oficiales hablan de 18 a 33 muertos en las refriegas y en las verdaderas batallas campales con las tropas en la Bogotá, víctimas de las balas oficiales.

El 15 de septiembre, las centrales dieron un parte de victoria de la jornada. Sin embargo, el gobierno no cedió un centímetros frente a las demandas laborales e hizo caso omiso a la exigencia sindical de que fueran puestos de inmediato en libertada centenares de detenidos, muchos de los cuales atiborraron la Plaza de Toros de la Santamaría.

Las investigaciones sobre las decenas de muertes que dejó el paro cívico nacional del 14 de septiembre de 1977, no condujeron a nada y los crímenes siguen en la impunidad.